Las cuatro muertes

Hay cuatro formas en las que una persona puede morir, dependiendo de si es su cuerpo o su mente las que fallan. Habiendo asistido ya a todas ellas, me dispongo a hacer un breve recorrido por las cuatro.

La muerte instantánea

Es el clásico accidente cardiorespiratorio que hace que tanto mente como cuerpo se desconectan a la vez. Suele pillar por sorpresa, no hay preparación previa. Los que quedan vivos suelen sufrir una fase de negación larga y dolorosa. No hay negociación posible.

La muerte de la mente

Cada vez más frecuente en una sociedad donde somos capaces de alargar la vida de nuestro cuerpo, pero no somos capaces de proteger a nuestro cerebro de accidentes cardiovasculares. La persona se convierte en un vegetal en vida, a veces regresando a edades mentales poco acordes con su cuerpo.

Los que quedan vivos suelen sufrir una fase de ira larga y dolorosa. Ira contra la medicina que preserva el cuerpo y no la mente, ira contra sí mismos por no haber podido aprovechar el tiempo  con el ser querido. Ira por la situación que les obliga a mirar a los ojos a alguien que hace tiempo que ya no está ahí.

La muerte del cuerpo

Este tipo de muerte es con la que suele reivindicarse la eutanasia. La mente está despierta y en perfecto estado, pero el cuerpo deja de responder. Además de la frustración del superviviente de ver que va a pasar el resto de su vida como un dependiente, es capaz de ver y entender el dolor que causa a todos los que están a su alrededor. La etapa de depresión es la más larga y dolorosa en esta situación.

La transformación de la mente

Esta, por extraño que parezca a quienes no la hayan experimentado, es la más dolorosa para todos. Ver como una persona a la que has amado y apreciado desaparece detrás del velo de alguna enfermedad como el alzheimer o cualquier otra enfermedad degenerativa.

La fase de negociación no parece terminar nunca, porque por breves instantes, parece que la persona recupera su cordura y sonríes, creyendo que vuelves a tenerle delante de ti. Y de pronto vuelve a demostrar que ya no es quien conocías. Por suerte, la medicación avanza cada día más, pudiendo frenar sus efectos y haciendo de esta, la única de las muertes que es reversible.

El sistema insostenible

Erich Fromm tenía razón. Somos seres egoístas, solitarios y tenemos una autoestima tan baja que la mayoría de nosotros cree que un mundo igualitario es una utopía. No es un anacronismo, no es una herencia maldita de ninguna dictadura. Es un hecho.

Es increíble el incremento de parejas donde uno de los dos tiene una posición claramente dominante mientras el otro simplemente se deja arrastrar por los deseos del dominante. La raíz del maltrato. La raíz de muchos más problemas. Y ya no se esconden, ya no queda la mujer (o el hombre) en casa con la pata quebrada. Ahora lucen orgullosos sus heridas de guerra y sometimiento, como si ser sometido fuese señal unívoca de amor.

No estamos preparados para una relación de iguales. No sabemos cómo tratar al otro. Es un extraño, un ser alienado con el que no sabemos comunicarnos. Vivimos en un egoísta solipsismo virtual que nos impide darnos cuenta de la realidad más básica: todos estamos igual de solos.

“¿Cual será el secreto para mantener una relación sana durante tanto tiempo?”

“La comunicación. Saber que el otro no hace las cosas para joderte. Confianza mutua.”

Utopía.”

“Otra vez”

Por eso no funciona este sistema capitalista en el que las empresas sólo valoran a sus empleados cuando estos lanzan el órdago de que otra empresa les ofrece algo mejor. Por eso los empleados están más preocupados de que su empresa quiera sustituirles por otro, en vez de centrarse en la solidaridad obrera. Por eso nada funciona como debería. Por eso la teoría es errónea.

¿En serio necesitamos que nos amenace alguien de fuera para poder entenderlo?

Dame lo que me  corresponde, sin esperar a que yo te lo pida, y yo me centraré en hacer mi parte lo mejor posible, sin distracciones. Sin buscarte el mal. ¿Nadie entiende este concepto tan simple? Tuvo que venir alguien de una realidad paralela a explicarnos teoría de juegos y el dilema del prisionero. Y no le creíamos. No estábamos preparados para creerle. Seguimos sin aplicar su conocimiento.

Así que seguimos adelante sin darnos cuenta de que cada vez que nos pisoteamos unos a otros, estamos dando ventaja a los que saben aprovecharse de la situación. Seguimos sin querer escuchar lo que el otro tiene que decirnos, que no es más que un reflejo de nuestros propios pensamientos.

https://www.youtube.com/watch?v=KRzMtlZjXpU

Ateísmo y Muerte – Asimov

Aunque me acerco al momento de la muerte, no me asusta morir e irme al infierno, o (lo cual sería mucho peor) ir a la versión popularizada del cielo. Espero que la muerte sea una nada, y por quitarme todo tipo de miedo hacia a la muerte estoy agradecido al ateísmo.

—Isaac Asimov (“Sobre la religiosidad”)

Ten fé

Y tú sabrás que mi nombre es Yahveh cuando mi venganza caiga sobre tí.

Pulp Fiction, cita falsa de la Biblia.

Desde pequeña, había películas que me hacían sentir mal. Eran películas en su mayoría taquilleras, de argumento clásico, sin nada que las hiciera destacar sobre las otras. Pero yo me sentía extraña mientras las veía. Por alguna razón, no podía terminar de sentirme cómoda con el personaje principal. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que el motivo por el que sentía que rechazaba estas películas estaba en su moraleja. Una moraleja tan sutil, tan bien disfrazada, que mientras mi subconsciente protestaba, mi consciente no sabía encontrar el problema.

La fé en vuestro aprendiz, equivocada puede estar, al igual que vuestra fé en el lado oscuro de la Fuerza.

Batalla final entre Darth Sidious y Yoda.

Es increíble el número de películas que te instan a tener fé. En algún dios, en el destino, en tus amigos, ¡incluso en tus enemigos! El caso es tener fé. Porque aquellos que tienen fé serán recompensados con aquello que anhelan. Porque tener fé es bueno.

 You’ll hunt me. You’ll condemn me, set the dogs on me. Because that’s what needs to happen. Because sometimes… the truth isn’t good enough. Sometimes people deserve more. Sometimes people deserve to have their faith rewarded.

The Dark Knight

¿En qué momento perdimos el rumbo? ¿En qué momento la fé ciega se convirtió en algo bueno? Puedo comprender que algunos personajes consideren que la fé es algo bueno, pues hay gente religiosa que así lo considera. Pero, ¿todos? ¿Por qué se ha convertido en un tabú algo tan obvio?

“¿Y tú, en qué crees?”, le pregunta Seeley Booth a Bones, uno de los personajes más 400px-Emily_Deschanelracionales que ha parido guionista alguno. Y, para mi sorpresa, la contestación no es una explicación racional de por qué no cree en nada. Ni tampoco es una mirada compasiva intentando buscar una forma de hacerle ver que no todo el mundo tiene que “creer” en algo. Que creer a ciegas no es bueno. En vez de eso, la racional paleontóloga forense se rebaja y pone el conocimiento científico al mismo nivel que la fé, como si fueran comparables.

¿Cómo es posible? ¿Es que nadie va a dar el golpe en la mesa y abrir la veda a la racionalidad? ¿Es que nadie tiene un poco de sentido común?

Su carencia de fé resulta molesta.

Darth Vader, maestro jedi y sith oscuro.

Años atrás, en el colegio, “salí del armario” y aclaré que no, que no era agnóstica ni vaga a la hora de ir a clase de religión. Es que yo era atea. Después de algunas primeras muestras de confusión, finalmente me vinieron a preguntar si era cierto que yo adoraba a Satanás y que tenía un libro negro de brujería que sustituía a su Biblia. “Se están burlando de mí”, fue lo primero que pensé. Pero no. Realmente creían que era imposible no creer en nada. Creían que yo, por fuerza, tenía que creer en algo. En su mundo de fé inculcada, alguien que no tenía fé en nada tenía que ser erróneo por fuerza. Que les escondía algo.

If you could reason with religious people, there would be no religious people.

Doctor House

No me extraña la cantidad de embaucadores y farsantes que triunfan en este mundo, donde confiar ciegamente sin pruebas en algo se considera algo bueno. Ten fé, nos repiten desde pequeños. Ten fé, en lo que sea, pero ten fé. Porque aquellos que no tienen fé son los malos, los que no conseguirán sus objetivos. Si el protagonista no tiene fé, fracasará al intentar parar los planes del malo. Y si el malo fracasa, es porque no tenía fé.

Si hablas con dios eres religioso. Si dios habla contigo, eres esquizofrénico.

Doctor House

Es sutil, pero a partir de ahora, fíjate en el mensaje oculto. Está ahí, escondido de muchas maneras. Como esperanza (irracional) de que las cosas mejorarán. Como confianza ciega en algún otro personaje relevante que previamente ha sembrado dudas en el protagonista (y por tanto le pide una fé irracional, pues el raciocinio le dicta que desconfíe de él). La idea de la fé lleva tanto tiempo entre nosotros que ya ni siquiera nos resulta extraña. Pero lo es.

Dí no a la fé.

Al parecer, no soy la única que se ha dado cuenta.

Karma

Ni en lo más profundo del océano, ni en la cumbre de la montaña más alta, podrá refugiarse alguien donde escaparse de las consecuencias de sus malas acciones.
Buda

Justicia Ciega

¿Qué es el Karma?

El karma como concepto es muy sencillo: si haces el bien, recibirás el bien. Si haces el mal, recibirás el mal. Las personas buenas son recompensadas. A las personas malas les pasarán cosas malas.

El karma suele estar muy asociado al budismo, ya que sus primeras menciones están muy relacionadas con las religiones dhármicas. Sin embargo, este concepto ha sido muy bien absorbido por casi todas las culturas (como en el Cuento de Navidad de Dickens) y religiones, ya sea como una fuerza natural imparable o como un dios vengador que ejercerá una justicia divina.

Desde un punto de vista psicológico, tiene sentido. De forma general cuando una persona necesita ayuda de otra, es mucho más fácil recibir esta ayuda si previamente ha realizado buenas acciones. Todo el mundo es más propenso a ayudar a alguien que “se lo merece” antes que a alguien que “no se lo merece”.

Esto las religiones lo conocen desde hace mucho. Desde las religiones más antiguas, se sabía ya que eran necesarias ciertas pautas de comportamiento para mantener la paz social. Por ejemplo, con la aparición del judaísmo, estas normas se hacen mucho más explícitas con las tablas de Moisés. Sin embargo, es en la evolución al cristianismo donde incide aún más en estas normas sociales, eliminando el ojo por ojo por unas normas más laxas basadas en el perdón absoluto.

Por tanto, desde un punto de vista estadístico, parece bastante lógico que podría modelarse el karma como una función probabilística donde el número de acciones buenas y malas sobre otras personas influyen en el karma que estas personas reciben de otras. En el fondo, esto no es nada nuevo, no es más que una variante de lo que se conoce como ingeniería social.

¿Existe entonces el karma? ¿Tenía Buda razón?

Cuando mal obres no pienses “esto no traerá consecuencias para mi”, las pequeñas acciones malas se van acumulando y, cuando se desbordan, te ocurrirá una gran catástrofe.
Cuando obres bien no pienses “esto no traerá consecuencias para mi”, las pequeñas acciones buenas se van acumulando y, cuando se desbordan, te sobrevendrá una gran dicha.
Buda

¿Somos tan libres como creemos?

“La esclavitud no se abolió, se cambió por ocho horas diarias.”

-Les Luthiers

Y a veces más, añadiría yo.

Al menos no nos obligan a encadenarnos a nuestros equipos de trabajo. ¿Os imagináis tener que ir con un smartphone a todas partes?

La primera vez que escuché esta frase, pensé que era una hipérbole graciosa, que sólo buscaba la risa fácil. Pero conforme vamos adentrándonos más y más en esta selva de capitalismo salvaje en el que nos encontramos, menos convencida estoy de que fuese una exageración. Porque, ¿qué nos diferencia de los esclavos? ¿Hay realmente tanta diferencia como nos creemos? ¿No será que todo es una gran campaña de publicidad para ocultar que, realmente, no estamos tan avanzados como creemos? ¿Estoy exagerando? Bueno, vamos a intentar averiguarlo.

¿Qué es la esclavitud?

“La esclavitud, también llamada trata de negros. Estado de esclavo, es decir, hombre o mujer que esta bajo el dominio de otro y carece de libertad.”

En un principio no parece que la esclavitud se ajuste a la mayoría de nosotros. Somos libres, o al menos eso pone en nuestras leyes. No estamos obligados a seguir las órdenes de nadie… o al menos no en principio. Mientras sigamos las leyes (de igual aplicación para todos) y no cometamos delito alguno, nadie puede obligarnos a hacer o decir nada que no queramos. E, incluso en caso de saltarnos las leyes, nadie puede, legalmente, obligarnos a hacer nada que pueda ir en nuestra contra. Salvo pagar multas, realizar servicios comunitarios o vivir en la cárcel; castigos propiamente impuestos por cometer delitos.

En apariencia, al menos, no somos esclavos. Somos libres.

Sin embargo, ya anteriormente hemos hablado del miedo a la libertad, de lo difícil que resulta para el ser humano deshacerse de aquello que le oprime para saber aprovechar las oportunidades que se le ofrecen. Y también hemos hablado de las simitudes de la actual lucha de clases con las batallas ya ganadas. Así que no nos dejemos engañar por las apariencias y sigamos escarbando un poco más en los detalles, para convencernos finalmente de que somos tan libres como creemos.

No tengo claro si Lincoln está pidiéndole que se levante o que le abrillante mejor los zapatos

¿Y si en vez de esclavos somo siervos?

 Conforme llegó la Edad Media, los esclavos empezaron a ser menos frecuentes, pero se extendió una nueva forma de semi-esclavitud: la servidumbre.Un siervo le debía obediencia y lealtad a su señor, el cual a cambio le dejaba parte de las tierras (en propiedad del siervo o prestadas) para que pudiera trabajarlas y tener sus propias pertenencias. El señor feudal seguía teniendo ciertos derechos sobre los siervos, pero éstos a su vez estaban más protegidos por la ley. Si un siervo progresaba económica y socialmente, podía llegar a aspirar a ser libre, a comprar su libertad. A cambio de su trabajo y los impuestos que el señor feudal le imponía, el siervo se encontraba protegido y amparado, ya que el señor feudal estaba obligado a protegerle y ayudarle en caso de necesidad (como en una guerra o una sequía).

Una vez más, esta definición no parece ajustarse a nuestra situación. Empieza a tener tintes preocupantemente parecidos, pero eso sólo lo debemos achacar a que es la evolución intermedia entre el esclavo y el trabajador.

 No, parece que sólo somos trabajadores

En el sistema actual, una persona (suponiendo el primer mundo y gran parte del segundo) tiene acceso a la educación suficiente para trabajar prácticamente de lo que desee, sea cual sea su condición de nacimiento. Puede montar una empresa o trabajar para otros. Puede dedicarse a las ciencias, las artes, las letras o cualquier cosa que se le ocurra y tenga unos ingresos monetarios. Con estos ingresos, comprará o venderá lo que quiera, sin tener que pedir permiso a nadie. Somos libres de hacer con nuestra vida lo que queramos. Compraremos o alquilaremos una vivienda, vestiremos la ropa que nos guste y viajaremos en vacaciones a los lugares que nuestros ingresos nos permitan ir.

Somos simplemente trabajadores (ya sea clase media o pobre). Algunos somos autónomos, otros somos trabajadores por cuenta ajena. Pero, al fin y al cabo, parece que sólo somos trabajadores. La base de la pirámide. Un momento, ¿pirámide? ¿Es una pirámide?

Según el 0.1% de la población, el 99.9% apesta

Si echamos un vistazo a la gráfica de distribución de la riqueza mundial de 2012, podemos comprobar cómo el 0.1% de la población tiene el 81% de la riqueza. Supongamos que consideramos ese 0.1% de la población como si fuera un señor feudal. Tiene la mayor parte de las tierras y riquezas, es difícil tomar decisiones importantes o crear una nueva empresa sin hacerles frente. Y ahora supongamos que nosotros estamos en ese 99.9% de la población que dispone de tan sólo un 19% del total de la riqueza.

¿Realmente somos libres o estamos a merced de lo que ese 0.1% quiera? ¿Somos sus trabajadores voluntarios o somos siervos?

Para empezar, nos encontramos con una disyuntiva interesante: somos todo lo libres que queramos, pero estamos obligados a trabajar. Menuda chorrada, pensará más de uno, claro que estamos obligados a trabajar. ¿Cómo vas a pagar tu comida, tu vivienda, tu calefacción,… si no trabajas?

Estoy de acuerdo. Es necesario trabajar. Así que reformularé la frase: estamos obligados a trabajar bajo las condiciones que nos imponga ese 0.1%.

No nos estarán pidiendo derecho a pernada (o prima notte), ni nos estarán obligando a hacer una reverencia cuando pasen por delante. Pero estamos igualmente obligados a someternos a sus condiciones contractuales (40 horas semanales + extras, vacaciones cuando el jefe quiera, guardias, etc…).

Alguno estará leyendo esto y pensando que si no estoy conforme con trabajar por cuenta ajena, que trabaje por cuenta propia, de forma autónoma, con mi propia empresa. Por supuesto. Esa es la mayor trampa y falacia del asunto. La mayor campaña de publicidad jamás orquestada.

Sinceramente, ¿es posible tener un negocio o una empresa que no siga las normas de juego ya impuestas previamente por ese 0.1%?

En mi experiencia, y sobre todo si la empresa es lo suficientemente grande como para ser estable, la respuesta es un rotundo no. En cuanto una empresa empieza a destacar por su forma diferente de funcionar, aparecen las presiones para que vuelva al cauce que le corresponde. Realmente no hay libertad a la hora de poder elegir cómo queremos trabajar.

Y esto, eventualmente, nos lleva a una esclavitud o servidumbre encubierta, donde, escojamos la opción que escojamos, vamos a estar sometidos a una serie de normas (escritas o no), que nos obligarán a variar nuestra forma de vivir hasta límites insospechados.

Probablemente los mismos que pensaron que la obligación de trabajar era una exageración, también piensen que soy demasiado exagerada en este asunto. “¡Anarquista! ¡Ácrata!” Y quizás tienen razón y todo esto no es más que una ida de olla mía en la que estoy viendo fantasmas donde sólo hay lagunas en leyes de protección a los trabajadores que hay que rellenar. Es posible. O quizás es todo parte de ese lavado de cara que nos impide darnos cuenta que estamos a merced de nuestra clase alta.

Pobre obrero, ¿qué iba a saber él de economía?

En cualquier caso, y ahora que la crisis aprieta, creo que a nadie se le escapa que hay personas en situaciones de libertad estrechamente reducida. En muchos casos, seguramente estos problemas habrán sido causados por una conducta irresponsable y errática. Pero también existen (y han existido siempre) casos de gente obligada a trabajar en condiciones donde no puede garantizarse llegar a final de mes. Es decir, condiciones posiblemente aún peores que las de los esclavos, a quienes sus amos alimentaban y abrigaban (ya que una enfermedad o una desnutrición les haría ser menos útiles). Ahora ya ni siquiera tenemos esa seguridad, porque somos esclavos de usar y tirar. Nuestros amos/jefes no tienen que costear nuestros primeros años de vida y, si dejamos de ser útiles, enseguida somos sustituidos por otros esclavos/trabajadores dispuestos a lo que sea por poder trabajar.

No estoy hablando de casos marginales, sino de lo que estoy viendo en el día a día de nuestra sociedad. Personas que cinco años atrás jamás hubieran pensado en encontrarse en esta situación. Personas que han pisoteado tanto su dignidiad que es imposible volver a recuperarla.

Porque siempre se empieza aceptando condiciones inhumanas pensando que es algo temporal. Que esto mejorará y que pronto podremos olvidarlo. Pero una vez que tocas fondo, es muy difícil volver a salir a flote.

¿No hay salida entonces? 

La esclavitud debió establecerse en la Tierra cuando las artes de la producción llegaron a un grado de desarrollo tal que proporcionaron al género humano algo más de lo que les era estrictamente necesario para subsistir.

Mientras que la naturaleza dió al género humano lo necesario para la vida y se lo dió espontanamente, sin lucha, sin trabajo por parte del hombre, no debió pensar este en someter a su semejante.

-Orígenes de la Esclavitud en la Enciclopedia Libre

Quizás deberíamos empezar a pensar en volver a los orígenes. Si nuestra posición en la sociedad es la de ser un esclavo, ¿nos merece la pena quedarnos ahí? ¿Realmente necesitamos tanto contacto con esta sociedad? ¿No podríamos volver a la agricultura de subsistencia y aprender a disfrutar de la vida otra vez? ¿Tiene sentido vivir la vida si no vas a poder disfrutarla?

¿Es posible plantear una redistribución de la riqueza que nos haga realmente libres?

En serio, ¿eres feliz?

Tu yo oculto

Somos bastante más de lo que creemos.

Voy a comenzar una serie de entradas abordando un tema que cada día va adquiriendo más popularidad: la dicotomía entre consciente e inconsciente.

En esta primera entrada sentaremos las bases de qué es el consciente y qué es el inconsciente. Intentaré centrarme en resultados científicos, dejando de lado hipótesis filosóficas. Pero este no es un proceso sencillo, ya que la ciencia está en pañales respecto a este tema.

Nuestra mente se compone de dos partes: el consciente y el insconsciente. El consciente es al que llamas “yo”, el que está leyendo este texto y comprendiendo lo que pone. El inconsciente, en cambio, es como el ayudante que vigila al consciente y le va preparando el camino para que el consciente pueda trabajar.

Aunque suene redundante, el inconsciente se encarga de todos esos detalles de los que no eres consciente. Se encarga de reconocer una cara, de reaccionar ante un estímulo, de reconstruir una escena de un simple vistazo,… Se encarga de todas esas tareas necesarias pero automáticas, mecánicas.

Realizamos un experimento con un escáner cerebral en el que las personas debían tomar decisiones muy sencillas. Podían decidir si pulsaban un botón a la izquierda u otro a la derecha. En este caso, sientes que eres totalmente libre de elegir de hacer una cosa u otra, no hay nada que te obligue a elegir una opción o la otra. Registramos la actividad cerebral de las personas y descubrimos que podíamos predecir su decisión, si iban a pulsar el botón de la izquierda o de la derecha, siete segundos antes de que la hubieran tomado. Es decir, no siete segundos antes de que pulsaran el botón, sino siete segundos antes, incluso de que pensaran que habían decidido cuál iban a escoger.

Más información de este experimento aquí

Es decir, que el inconsciente no sólo realiza las tareas sencillas “complementarias” al consciente, sino que parece que va guiando al consciente en todo momento acerca de lo que debe o no debe hacer.

Veamos el funcionamiento del cerebro de una forma más gráfica. Una forma sencilla de explicarlo sería representar a lo largo del tiempo a los procesos mentales con una línea de forma que, a mayor valor, más cerca están de la consciencia porque necesitan de decisiones más complejas, menos automáticas. En la gráfica separaremos cuando un proceso mental es inconsciente mediante el sombreado. Si un proceso “pasa” a ser consciente, sale del área sombreada:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

 

En este caso, un proceso sencillo, como el azul o el rojo, podrían ser procesos mentales como caminar o rascarte un brazo. Tu cerebro tiene el control, pero tú no vas conscientemente pensando paso a paso cómo mover y apoyar el pie.

El proceso morado sigue siendo inconsciente, pero en un momento dado necesita que la consciencia tome una decisión rápida. Por ejemplo podría representar el hecho de abrir una puerta, donde la consciencia interviene un momento para hacer uso de la llave. Esto es, basándonos en la suposición de que utilizar la llave no es algo “automático” ni trivial.

En cambio, los procesos naranja y verde tienen gran parte de consciencia. Pero cabe destacar que estos procesos nunca empiezan fuera del sombreado. Antes de que el consciente empiece a trabajar, el inconsciente “prepara” el terreno, sentando las bases de lo que el consciente va a hacer.

Por ejemplo, el proceso verde podría ser abrir el navegador para leer las noticias. El insconsciente se ha encargado de casi todo el proceso: dirigirte al ordenador, sentarte en la silla, encenderlo, colocar tus manos sobre el ratón y el teclado, etc… Sólo cuando la mente necesita de tu atención, por ejemplo para leer la noticia, es cuando se activa el consciente. Todo lo demás, lo has hecho, pero no has estado “controlándolo” desde el consciente.

Pero el ser humano no siempre ha sido así. Desde que éramos unas sencillas bacterias hasta que desarrollamos la civilización, hemos ido pasando por una serie de estadios que nos han ido abriendo la mente poco a poco.

A lo largo de la evolución, la conciencia ha ido ganando terreno al inconsciente, “bajando” esa barra que separa qué procesos mentales procesa uno y cuales procesa el otro. En la siguiente gráfica podemos ver lo que pasaría si una persona, en la misma situación anterior, no tuviera el consciente tan desarrollado:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

La línea del proceso de la llave, la morada, ha tenido que subir más alto que en el gráfico anterior, ya que el proceso de utilizar la llave es algo que inconscientemente no es capaz de realizar. Esto ha hecho que la mente necesite realizar un “esfuerzo” mayor, para poder salir de la zona sombreada, para poder utilizar la llave. Así mismo, las líneas de la conversación (naranja) y la lectura de noticias (verde), han tenido que subir un poco más también, para poder llegar al consciente, para poder realizar las tareas complejas.

Si este esfuerzo le supone demasiado porque su mente se llena de procesos que tiene que “escalar”, probablemente esta persona decida “prescindir” de algunos procesos mentales. Quizás no pueda hablar y utilizar la llave al mismo tiempo (prescidiendo por ejemplo del proceso naranja) o quizás decida utilizar una cerradura más sencilla.

Probablemente por esto es por lo que podemos enseñar a un chimpancé a realizar tareas o a hablar con lenguaje de signos. Ellos mismos aprenden en su hábitat natural a utilizar herramientas sencillas. Pero no han desarrollado toda una tecnología que les ayude en su día a día porque su consciente ya está saturado con el uso de estas herramientas sencillas. Esto es lo que nos diferencia, nuestro salto evolutivo.

Sin embargo, no seamos ingenuos, este proceso aún no ha terminado en el ser humano. La evolución sigue avanzando, “bajando” el listón para que el consciente siga cada vez aumentando el control sobre lo que hace y deja de hacer. Y, probablemente, esto tenga mucho que ver con los avances sociales, con la percepción de nuestra propia individualidad.

Gráfica de procesos mentales con mucha conciencia

El problema al que se enfrentarían estos “aventajados” de la evolución es que la información que se ven obligados a procesar conscientemente es mucho mayor que lo que tiene que procesar el ser humano medio. Es decir, están “forzando” a su cerebro a trabajar más y más rápido. Controlan mucho mejor sus acciones, toman más decisiones conscientemente y son más conscientes en general de todo lo que sucede a su alrededor. Pero a un coste: el coste de tener que estar más pendiente de todo, porque muchas de las tareas automáticas de las que se encargaba el inconsciente ahora forman parte de la rutina que debe llevar a cabo el consciente.

¿Está preparado para esto nuestro cerebro? ¿Es el consciente capaz de manejar tantos procesos simultáneamente sin volverse loco? ¿Puede ser ésta la causa de enfermedades mentales como la esquizofrenia?

Intentaré contestar a estas preguntas en la próxima entrega, pero de momento dejo un vídeo de una conferencia TED donde J. B. Taylor cuenta su experiencia durante un derrame cerebral y cómo eso afectó a su forma de percibir el mundo a su alrededor, como si hubiese perdido su conciencia:

https://www.youtube.com/watch?v=UyyjU8fzEYU

La burbuja alimentaria

Como ya comentamos anteriormente, ahora que la burbuja inmobiliaria se ha agotado y que el petróleo empieza a escasear, los pesos pesados de las inversiones se están volcando en los alimentos. Si bien para los inmuebles aún podían argumentar que no eran un bien común y que no perjudicaba al día a día de las personas, ¿qué argumento utilizarán para negar alimentos esperando a que suba el precio?

Por supuesto, no todos los alimentos son susceptibles de inversión. Tienen que recurrir a alimentos imperecederos como cereales, por ejemplo. Quizás ese sea su argumento, que aguantemos con los alimentos perecederos mientras ellos acumulan los imperecederos en espera de que en nuestra desesperación les compremos a precios imposibles.