El sistema insostenible

Erich Fromm tenía razón. Somos seres egoístas, solitarios y tenemos una autoestima tan baja que la mayoría de nosotros cree que un mundo igualitario es una utopía. No es un anacronismo, no es una herencia maldita de ninguna dictadura. Es un hecho.

Es increíble el incremento de parejas donde uno de los dos tiene una posición claramente dominante mientras el otro simplemente se deja arrastrar por los deseos del dominante. La raíz del maltrato. La raíz de muchos más problemas. Y ya no se esconden, ya no queda la mujer (o el hombre) en casa con la pata quebrada. Ahora lucen orgullosos sus heridas de guerra y sometimiento, como si ser sometido fuese señal unívoca de amor.

No estamos preparados para una relación de iguales. No sabemos cómo tratar al otro. Es un extraño, un ser alienado con el que no sabemos comunicarnos. Vivimos en un egoísta solipsismo virtual que nos impide darnos cuenta de la realidad más básica: todos estamos igual de solos.

“¿Cual será el secreto para mantener una relación sana durante tanto tiempo?”

“La comunicación. Saber que el otro no hace las cosas para joderte. Confianza mutua.”

Utopía.”

“Otra vez”

Por eso no funciona este sistema capitalista en el que las empresas sólo valoran a sus empleados cuando estos lanzan el órdago de que otra empresa les ofrece algo mejor. Por eso los empleados están más preocupados de que su empresa quiera sustituirles por otro, en vez de centrarse en la solidaridad obrera. Por eso nada funciona como debería. Por eso la teoría es errónea.

¿En serio necesitamos que nos amenace alguien de fuera para poder entenderlo?

Dame lo que me  corresponde, sin esperar a que yo te lo pida, y yo me centraré en hacer mi parte lo mejor posible, sin distracciones. Sin buscarte el mal. ¿Nadie entiende este concepto tan simple? Tuvo que venir alguien de una realidad paralela a explicarnos teoría de juegos y el dilema del prisionero. Y no le creíamos. No estábamos preparados para creerle. Seguimos sin aplicar su conocimiento.

Así que seguimos adelante sin darnos cuenta de que cada vez que nos pisoteamos unos a otros, estamos dando ventaja a los que saben aprovecharse de la situación. Seguimos sin querer escuchar lo que el otro tiene que decirnos, que no es más que un reflejo de nuestros propios pensamientos.

https://www.youtube.com/watch?v=KRzMtlZjXpU

Ten fé

Y tú sabrás que mi nombre es Yahveh cuando mi venganza caiga sobre tí.

Pulp Fiction, cita falsa de la Biblia.

Desde pequeña, había películas que me hacían sentir mal. Eran películas en su mayoría taquilleras, de argumento clásico, sin nada que las hiciera destacar sobre las otras. Pero yo me sentía extraña mientras las veía. Por alguna razón, no podía terminar de sentirme cómoda con el personaje principal. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que el motivo por el que sentía que rechazaba estas películas estaba en su moraleja. Una moraleja tan sutil, tan bien disfrazada, que mientras mi subconsciente protestaba, mi consciente no sabía encontrar el problema.

La fé en vuestro aprendiz, equivocada puede estar, al igual que vuestra fé en el lado oscuro de la Fuerza.

Batalla final entre Darth Sidious y Yoda.

Es increíble el número de películas que te instan a tener fé. En algún dios, en el destino, en tus amigos, ¡incluso en tus enemigos! El caso es tener fé. Porque aquellos que tienen fé serán recompensados con aquello que anhelan. Porque tener fé es bueno.

 You’ll hunt me. You’ll condemn me, set the dogs on me. Because that’s what needs to happen. Because sometimes… the truth isn’t good enough. Sometimes people deserve more. Sometimes people deserve to have their faith rewarded.

The Dark Knight

¿En qué momento perdimos el rumbo? ¿En qué momento la fé ciega se convirtió en algo bueno? Puedo comprender que algunos personajes consideren que la fé es algo bueno, pues hay gente religiosa que así lo considera. Pero, ¿todos? ¿Por qué se ha convertido en un tabú algo tan obvio?

“¿Y tú, en qué crees?”, le pregunta Seeley Booth a Bones, uno de los personajes más 400px-Emily_Deschanelracionales que ha parido guionista alguno. Y, para mi sorpresa, la contestación no es una explicación racional de por qué no cree en nada. Ni tampoco es una mirada compasiva intentando buscar una forma de hacerle ver que no todo el mundo tiene que “creer” en algo. Que creer a ciegas no es bueno. En vez de eso, la racional paleontóloga forense se rebaja y pone el conocimiento científico al mismo nivel que la fé, como si fueran comparables.

¿Cómo es posible? ¿Es que nadie va a dar el golpe en la mesa y abrir la veda a la racionalidad? ¿Es que nadie tiene un poco de sentido común?

Su carencia de fé resulta molesta.

Darth Vader, maestro jedi y sith oscuro.

Años atrás, en el colegio, “salí del armario” y aclaré que no, que no era agnóstica ni vaga a la hora de ir a clase de religión. Es que yo era atea. Después de algunas primeras muestras de confusión, finalmente me vinieron a preguntar si era cierto que yo adoraba a Satanás y que tenía un libro negro de brujería que sustituía a su Biblia. “Se están burlando de mí”, fue lo primero que pensé. Pero no. Realmente creían que era imposible no creer en nada. Creían que yo, por fuerza, tenía que creer en algo. En su mundo de fé inculcada, alguien que no tenía fé en nada tenía que ser erróneo por fuerza. Que les escondía algo.

If you could reason with religious people, there would be no religious people.

Doctor House

No me extraña la cantidad de embaucadores y farsantes que triunfan en este mundo, donde confiar ciegamente sin pruebas en algo se considera algo bueno. Ten fé, nos repiten desde pequeños. Ten fé, en lo que sea, pero ten fé. Porque aquellos que no tienen fé son los malos, los que no conseguirán sus objetivos. Si el protagonista no tiene fé, fracasará al intentar parar los planes del malo. Y si el malo fracasa, es porque no tenía fé.

Si hablas con dios eres religioso. Si dios habla contigo, eres esquizofrénico.

Doctor House

Es sutil, pero a partir de ahora, fíjate en el mensaje oculto. Está ahí, escondido de muchas maneras. Como esperanza (irracional) de que las cosas mejorarán. Como confianza ciega en algún otro personaje relevante que previamente ha sembrado dudas en el protagonista (y por tanto le pide una fé irracional, pues el raciocinio le dicta que desconfíe de él). La idea de la fé lleva tanto tiempo entre nosotros que ya ni siquiera nos resulta extraña. Pero lo es.

Dí no a la fé.

Al parecer, no soy la única que se ha dado cuenta.

Karma

Ni en lo más profundo del océano, ni en la cumbre de la montaña más alta, podrá refugiarse alguien donde escaparse de las consecuencias de sus malas acciones.
Buda

Justicia Ciega

¿Qué es el Karma?

El karma como concepto es muy sencillo: si haces el bien, recibirás el bien. Si haces el mal, recibirás el mal. Las personas buenas son recompensadas. A las personas malas les pasarán cosas malas.

El karma suele estar muy asociado al budismo, ya que sus primeras menciones están muy relacionadas con las religiones dhármicas. Sin embargo, este concepto ha sido muy bien absorbido por casi todas las culturas (como en el Cuento de Navidad de Dickens) y religiones, ya sea como una fuerza natural imparable o como un dios vengador que ejercerá una justicia divina.

Desde un punto de vista psicológico, tiene sentido. De forma general cuando una persona necesita ayuda de otra, es mucho más fácil recibir esta ayuda si previamente ha realizado buenas acciones. Todo el mundo es más propenso a ayudar a alguien que “se lo merece” antes que a alguien que “no se lo merece”.

Esto las religiones lo conocen desde hace mucho. Desde las religiones más antiguas, se sabía ya que eran necesarias ciertas pautas de comportamiento para mantener la paz social. Por ejemplo, con la aparición del judaísmo, estas normas se hacen mucho más explícitas con las tablas de Moisés. Sin embargo, es en la evolución al cristianismo donde incide aún más en estas normas sociales, eliminando el ojo por ojo por unas normas más laxas basadas en el perdón absoluto.

Por tanto, desde un punto de vista estadístico, parece bastante lógico que podría modelarse el karma como una función probabilística donde el número de acciones buenas y malas sobre otras personas influyen en el karma que estas personas reciben de otras. En el fondo, esto no es nada nuevo, no es más que una variante de lo que se conoce como ingeniería social.

¿Existe entonces el karma? ¿Tenía Buda razón?

Cuando mal obres no pienses “esto no traerá consecuencias para mi”, las pequeñas acciones malas se van acumulando y, cuando se desbordan, te ocurrirá una gran catástrofe.
Cuando obres bien no pienses “esto no traerá consecuencias para mi”, las pequeñas acciones buenas se van acumulando y, cuando se desbordan, te sobrevendrá una gran dicha.
Buda

¿Somos tan libres como creemos?

“La esclavitud no se abolió, se cambió por ocho horas diarias.”

-Les Luthiers

Y a veces más, añadiría yo.

Al menos no nos obligan a encadenarnos a nuestros equipos de trabajo. ¿Os imagináis tener que ir con un smartphone a todas partes?

La primera vez que escuché esta frase, pensé que era una hipérbole graciosa, que sólo buscaba la risa fácil. Pero conforme vamos adentrándonos más y más en esta selva de capitalismo salvaje en el que nos encontramos, menos convencida estoy de que fuese una exageración. Porque, ¿qué nos diferencia de los esclavos? ¿Hay realmente tanta diferencia como nos creemos? ¿No será que todo es una gran campaña de publicidad para ocultar que, realmente, no estamos tan avanzados como creemos? ¿Estoy exagerando? Bueno, vamos a intentar averiguarlo.

¿Qué es la esclavitud?

“La esclavitud, también llamada trata de negros. Estado de esclavo, es decir, hombre o mujer que esta bajo el dominio de otro y carece de libertad.”

En un principio no parece que la esclavitud se ajuste a la mayoría de nosotros. Somos libres, o al menos eso pone en nuestras leyes. No estamos obligados a seguir las órdenes de nadie… o al menos no en principio. Mientras sigamos las leyes (de igual aplicación para todos) y no cometamos delito alguno, nadie puede obligarnos a hacer o decir nada que no queramos. E, incluso en caso de saltarnos las leyes, nadie puede, legalmente, obligarnos a hacer nada que pueda ir en nuestra contra. Salvo pagar multas, realizar servicios comunitarios o vivir en la cárcel; castigos propiamente impuestos por cometer delitos.

En apariencia, al menos, no somos esclavos. Somos libres.

Sin embargo, ya anteriormente hemos hablado del miedo a la libertad, de lo difícil que resulta para el ser humano deshacerse de aquello que le oprime para saber aprovechar las oportunidades que se le ofrecen. Y también hemos hablado de las simitudes de la actual lucha de clases con las batallas ya ganadas. Así que no nos dejemos engañar por las apariencias y sigamos escarbando un poco más en los detalles, para convencernos finalmente de que somos tan libres como creemos.

No tengo claro si Lincoln está pidiéndole que se levante o que le abrillante mejor los zapatos

¿Y si en vez de esclavos somo siervos?

 Conforme llegó la Edad Media, los esclavos empezaron a ser menos frecuentes, pero se extendió una nueva forma de semi-esclavitud: la servidumbre.Un siervo le debía obediencia y lealtad a su señor, el cual a cambio le dejaba parte de las tierras (en propiedad del siervo o prestadas) para que pudiera trabajarlas y tener sus propias pertenencias. El señor feudal seguía teniendo ciertos derechos sobre los siervos, pero éstos a su vez estaban más protegidos por la ley. Si un siervo progresaba económica y socialmente, podía llegar a aspirar a ser libre, a comprar su libertad. A cambio de su trabajo y los impuestos que el señor feudal le imponía, el siervo se encontraba protegido y amparado, ya que el señor feudal estaba obligado a protegerle y ayudarle en caso de necesidad (como en una guerra o una sequía).

Una vez más, esta definición no parece ajustarse a nuestra situación. Empieza a tener tintes preocupantemente parecidos, pero eso sólo lo debemos achacar a que es la evolución intermedia entre el esclavo y el trabajador.

 No, parece que sólo somos trabajadores

En el sistema actual, una persona (suponiendo el primer mundo y gran parte del segundo) tiene acceso a la educación suficiente para trabajar prácticamente de lo que desee, sea cual sea su condición de nacimiento. Puede montar una empresa o trabajar para otros. Puede dedicarse a las ciencias, las artes, las letras o cualquier cosa que se le ocurra y tenga unos ingresos monetarios. Con estos ingresos, comprará o venderá lo que quiera, sin tener que pedir permiso a nadie. Somos libres de hacer con nuestra vida lo que queramos. Compraremos o alquilaremos una vivienda, vestiremos la ropa que nos guste y viajaremos en vacaciones a los lugares que nuestros ingresos nos permitan ir.

Somos simplemente trabajadores (ya sea clase media o pobre). Algunos somos autónomos, otros somos trabajadores por cuenta ajena. Pero, al fin y al cabo, parece que sólo somos trabajadores. La base de la pirámide. Un momento, ¿pirámide? ¿Es una pirámide?

Según el 0.1% de la población, el 99.9% apesta

Si echamos un vistazo a la gráfica de distribución de la riqueza mundial de 2012, podemos comprobar cómo el 0.1% de la población tiene el 81% de la riqueza. Supongamos que consideramos ese 0.1% de la población como si fuera un señor feudal. Tiene la mayor parte de las tierras y riquezas, es difícil tomar decisiones importantes o crear una nueva empresa sin hacerles frente. Y ahora supongamos que nosotros estamos en ese 99.9% de la población que dispone de tan sólo un 19% del total de la riqueza.

¿Realmente somos libres o estamos a merced de lo que ese 0.1% quiera? ¿Somos sus trabajadores voluntarios o somos siervos?

Para empezar, nos encontramos con una disyuntiva interesante: somos todo lo libres que queramos, pero estamos obligados a trabajar. Menuda chorrada, pensará más de uno, claro que estamos obligados a trabajar. ¿Cómo vas a pagar tu comida, tu vivienda, tu calefacción,… si no trabajas?

Estoy de acuerdo. Es necesario trabajar. Así que reformularé la frase: estamos obligados a trabajar bajo las condiciones que nos imponga ese 0.1%.

No nos estarán pidiendo derecho a pernada (o prima notte), ni nos estarán obligando a hacer una reverencia cuando pasen por delante. Pero estamos igualmente obligados a someternos a sus condiciones contractuales (40 horas semanales + extras, vacaciones cuando el jefe quiera, guardias, etc…).

Alguno estará leyendo esto y pensando que si no estoy conforme con trabajar por cuenta ajena, que trabaje por cuenta propia, de forma autónoma, con mi propia empresa. Por supuesto. Esa es la mayor trampa y falacia del asunto. La mayor campaña de publicidad jamás orquestada.

Sinceramente, ¿es posible tener un negocio o una empresa que no siga las normas de juego ya impuestas previamente por ese 0.1%?

En mi experiencia, y sobre todo si la empresa es lo suficientemente grande como para ser estable, la respuesta es un rotundo no. En cuanto una empresa empieza a destacar por su forma diferente de funcionar, aparecen las presiones para que vuelva al cauce que le corresponde. Realmente no hay libertad a la hora de poder elegir cómo queremos trabajar.

Y esto, eventualmente, nos lleva a una esclavitud o servidumbre encubierta, donde, escojamos la opción que escojamos, vamos a estar sometidos a una serie de normas (escritas o no), que nos obligarán a variar nuestra forma de vivir hasta límites insospechados.

Probablemente los mismos que pensaron que la obligación de trabajar era una exageración, también piensen que soy demasiado exagerada en este asunto. “¡Anarquista! ¡Ácrata!” Y quizás tienen razón y todo esto no es más que una ida de olla mía en la que estoy viendo fantasmas donde sólo hay lagunas en leyes de protección a los trabajadores que hay que rellenar. Es posible. O quizás es todo parte de ese lavado de cara que nos impide darnos cuenta que estamos a merced de nuestra clase alta.

Pobre obrero, ¿qué iba a saber él de economía?

En cualquier caso, y ahora que la crisis aprieta, creo que a nadie se le escapa que hay personas en situaciones de libertad estrechamente reducida. En muchos casos, seguramente estos problemas habrán sido causados por una conducta irresponsable y errática. Pero también existen (y han existido siempre) casos de gente obligada a trabajar en condiciones donde no puede garantizarse llegar a final de mes. Es decir, condiciones posiblemente aún peores que las de los esclavos, a quienes sus amos alimentaban y abrigaban (ya que una enfermedad o una desnutrición les haría ser menos útiles). Ahora ya ni siquiera tenemos esa seguridad, porque somos esclavos de usar y tirar. Nuestros amos/jefes no tienen que costear nuestros primeros años de vida y, si dejamos de ser útiles, enseguida somos sustituidos por otros esclavos/trabajadores dispuestos a lo que sea por poder trabajar.

No estoy hablando de casos marginales, sino de lo que estoy viendo en el día a día de nuestra sociedad. Personas que cinco años atrás jamás hubieran pensado en encontrarse en esta situación. Personas que han pisoteado tanto su dignidiad que es imposible volver a recuperarla.

Porque siempre se empieza aceptando condiciones inhumanas pensando que es algo temporal. Que esto mejorará y que pronto podremos olvidarlo. Pero una vez que tocas fondo, es muy difícil volver a salir a flote.

¿No hay salida entonces? 

La esclavitud debió establecerse en la Tierra cuando las artes de la producción llegaron a un grado de desarrollo tal que proporcionaron al género humano algo más de lo que les era estrictamente necesario para subsistir.

Mientras que la naturaleza dió al género humano lo necesario para la vida y se lo dió espontanamente, sin lucha, sin trabajo por parte del hombre, no debió pensar este en someter a su semejante.

-Orígenes de la Esclavitud en la Enciclopedia Libre

Quizás deberíamos empezar a pensar en volver a los orígenes. Si nuestra posición en la sociedad es la de ser un esclavo, ¿nos merece la pena quedarnos ahí? ¿Realmente necesitamos tanto contacto con esta sociedad? ¿No podríamos volver a la agricultura de subsistencia y aprender a disfrutar de la vida otra vez? ¿Tiene sentido vivir la vida si no vas a poder disfrutarla?

¿Es posible plantear una redistribución de la riqueza que nos haga realmente libres?

En serio, ¿eres feliz?

La burbuja alimentaria

Como ya comentamos anteriormente, ahora que la burbuja inmobiliaria se ha agotado y que el petróleo empieza a escasear, los pesos pesados de las inversiones se están volcando en los alimentos. Si bien para los inmuebles aún podían argumentar que no eran un bien común y que no perjudicaba al día a día de las personas, ¿qué argumento utilizarán para negar alimentos esperando a que suba el precio?

Por supuesto, no todos los alimentos son susceptibles de inversión. Tienen que recurrir a alimentos imperecederos como cereales, por ejemplo. Quizás ese sea su argumento, que aguantemos con los alimentos perecederos mientras ellos acumulan los imperecederos en espera de que en nuestra desesperación les compremos a precios imposibles.

Sadismo y masoquismo

Dice Erich Fromm en su El Miedo a la Libertad que todos somos en cierto modo sádicos y masoquistas, porque esto es lo único que nos ayuda a superar la soledad y el aislamiento que sentimos como personas individuales. Aunque creo que en libros posteriores desdice parte de este razonamiento, me sirve como punto de partida para un análisis sobre esta idea.

Según Fromm, este masoquismo puede manifestarse de múltiples formas: la rendición a un ser superior que te protege o te castiga (dios), la rendición a las convenciones sociales, la rendición al jefe, la rendición al amante,… Incluso llega a sugerir que las relaciones amorosas no son sino un reflejo más de este sadismo, donde el amante (masoquista) se somete al amado (sádico) en un acto de despersonalización.

En principio, la explicación a este fenómeno es bastante lógica y no es necesario leer a Fromm para llegar a la misma conclusión. Cuando el ser humano se siente solo y aislado, busca la forma de conectar con una o más personas, intentando de esta forma disminuir su soledad.

La forma más rápida de conseguir esta evasión de la soledad es unirse a un grupo que, mediante rituales de iniciación y reuniones periódicas, den al individuo la sensación de pertenecer a algo mayor que sí mismo. La pérdida de libertad que supone la unión a este grupo será para el individuo un precio menor a pagar por sentirse menos solo. Es por esto que los fenómenos de sectas y grupos religiosos son tan comunes a más vaya avanzando la sociedad en cuestión de libertades personales.

Porque esta sensación de soledad, como bien nos indica Fromm, no es sino un efecto de que cada vez el ser humano tiene más y más libertad para hacer o pensar lo que quiera. Esta libertad le proporciona individualidad, le da más espacio a su personalidad y le permite desarrollarse de forma única e independiente. Pero al tener más posibilidades, también le aleja del resto de seres humanos, porque cada uno escogerá su propio camino, separándose del resto.

La comparación más recurrente en El Miedo a la Libertad es con la Edad Media, donde un artesano tenía poca libertad para desarrollar su personalidad, pero que, sin embargo, tenía un fuerte sentimiento de pertenencia a su familia, a su pueblo, a su gremio y a su religión. Su vida estaba perfectamente marcada desde el momento de su nacimiento, pero en ningún momento se sentiría solo. Estaría acompañado durante todo el camino. Sus pesares y sus preocupaciones eran comunes a los pesares y preocupaciones de sus allegados.

Hoy en día, con las victorias en relación a los derechos humanos y las libertades individuales, hemos alcanzado un punto en el que la vida de un ser humano es una hoja en blanco en el momento de su nacimiento. Pero resulta cuanto menos curioso observar cómo estos mismos individuos, cuyo destino está sin escribir, se esfuerzan por despersonalizarse hasta el punto de que su mayor aspiración es convertirse en el “ciudadano medio”, sin destacar ni sobresalir por nada que no sea lo previamente pactado (está bien sobresalir por tener un buen sueldo, pero no por tener aficiones “raras”).

El ser humano, la sociedad en general, no está educada para saber manejar esta avalancha de libertades que tiene entre sus manos. La solución no es, sin embargo, limitar estas libertades. La solución está en aprender a usarlas, con responsabilidad pero sin miedo, de forma que los individuos puedan hacer uso de sus libertades sin sufrir el miedo a la soledad y el aislamiento.

Sin embargo, creo que Fromm se equivoca al considerar que todos somos sádicos o masoquistas. No todas las relaciones se basan en la rendición de un masoquista a un sádico. También existen las relaciones en las que, partiendo del conocimiento del mutuo aislamiento y soledad que experimentan los individuos, se puede llegar a un acuerdo de responsabilidad y compromiso donde ambas partes por igual se ayuden para aliviar esta soledad. No hablo sólo de relaciones amorosas, también hablo de relaciones de amistad, vecindad o incluso laborales, dado el caso.

Probablemente Fromm no tuvo en cuenta (al menos en este primer libro) este tipo de relaciones que sin embargo yo veo tan obvias por un hecho muy simple: Nos separan sesenta años de madurez social. Estamos aprendiendo a manejar nuestras libertades.

Aunque, es cierto, siempre  habrá que ceder parte de la libertad (o libre albedrío) para poder pactar relaciones con otros individuos. Al menos de momento.

Psicopatía

Psicopatía. Psicópatas. Creo que a todos se nos viene a la mente algún personaje de ficción que encaja en ese perfil. Alguien cruel y despiadado, probablemente con un aura que le hace ser atractivo de alguna forma.

Aunque en sus inicios fue considerada como una enfermedad mental, desde la cuarta edición del DSM (decálogo de la psiquiatría), es clasificado como un trastorno de la personalidad. Es decir, no hay una “cura” como tal, no es una enfermedad que pueda arreglarse. Un psicópata es un psicópata y no hay manera de cambiar eso.

Un psicópata, entre otras muchas características, es alguien que es incapaz de sentir. No es capaz de empatizar ni de emocionarse. No conecta con nadie. Internamente es alguien solitario e independiente, con una vida perfectamente planificada y ordenada. Nunca dará un paso sin haberlo meditado previamente, no tendrá cabida la improvisación, porque improvisar es un acto muy relacionado con las emociones. Si hace daño a alguien por el camino, no sentirá remordimientos.

Al no poder sentir, su concepción del bien y del mal se vuelve ambigua. Si respeta las leyes no es porque crea que son buenas para él o para los demás, sino porque no quiere acabar en la cárcel. Si se integra en la sociedad no es porque quiera interaccionar con la gente, sino porque la sociedad le proporciona algo (sea seguridad, bienestar,oportunidades,…) que de otra forma no podría obtener. El mundo se convierte en un tablero donde todos son vulnerables menos él. Al no tener sentimientos, el psicópata puede manipular a su antojo a esos pobres sentimentales que le rodean, que acabarán trabajando para sus fines egoistas. Es un error muy común identificar a un psicópata con alguien torpe y asocial. Pero esto no es así en absoluto. Un psicópata entiende las emociones y los sentimientos, hasta el punto de ser perfectamente capaz de simularlos en la vida real, como si realmente los sintiese. Al ojo inexperto, podría hasta resultar alguien excesivamente emocional.

Por poner un ejemplo que todos podamos conocer sin ofender a nadie, personalmente identificaría a un psicópata con Sheldon o con Dexter. Por supuesto, son personajes de ficción que no se ajustan al perfil exacto de un psicópata, pero pueden servir para dar una aproximación de lo que podría ser. Dexter se muestra confuso y torpe en las relaciones sociales, aunque aprende detalles como llevar donuts por las mañanas para ganarse la simpatía de sus compañeros de trabajo. Por su parte, Sheldon analiza y comprende perfectamente las relaciones humanas, sin llegar realmente a experimentarlas. Un psicópata real sería una mezcla de ambos, con el poder de análisis de Sheldon y la capacidad de actuación de Dexter.

El 1% de la población es psicópata. Es decir, probablemente a lo largo de tu vida llegues a mantener una relación cercana con uno o dos de ellos. Probablemente conoces a más de uno. No suelen esconderse, están a la vista, pavoneándose delante tuya, deseando que les prestes tu atención. Así que sí, vas a encontrarte con más de uno. Vas a tenerlo como amigo, vas a ir a emborracharte con él y puede que hasta seas testigo en su boda. Quizás en algún momento te pares a examinarlo porque haga algún gesto de más (o de menos) que te descoloque y no te encaje en su comportamiento. Algo que y yo no habríamos hecho en su lugar. Pero todo el mundo tiene salidas extrañas, ¿verdad? ¿Cómo puede ser un psicópata? El psicópata serías tú, por ser tan cruel de pensar algo así.

Pero el psicópata no será tu amigo porque se sienta a gusto contigo. El psicópata siempre tiene algo en mente. Quizás esté buscando algún contacto que tengas a mano. Quizás es porque te considera un objeto de estudio y a imitar. O quizás sólo te esté manipulando para dar apariencia sociable. Pero siempre tendrá algún motivo personal y egoísta para relacionarse contigo. Si no le salieras rentable, no estaría a tu lado. Y mientras su manipulación no te esté afectando negativamente ¿te importaría?

Para los fans de Punset, tiene un programa de Redes bastante divulgativo sobre el tema:

Para terminar voy a mencionar un trastorno que se suele confundir con la psicopatía: la alexitimia. Este trastorno es sorprendentemente frecuente (una de cada siete personas) e impide a la persona distinguir y entender sus propios sentimientos. No significa que no tenga sentimientos como en el caso del psicópata, simplemente que no los comprende, no es capaz de saber lo que siente.

Ley de Malthus

A día de hoy, con más de seis mil millones de habitantes, la raza humana sigue su crecimiento sin freno y se prevee que alcancemos los siete mil millones a lo largo de 2011. La Tierra nunca ha estado tan poblada de seres humanos, ni se le ha exigido tanta producción de alimentos.

Curva de la población mundial

Thomas Malthus (aka El Gran Pesimista) fue un sacerdote economista que publicó en 1798 un ensayo sobre el crecimiento mundial que a día de hoy sigue siendo base para algunas teorías demográficas. Este ensayo aparece en plena Ilustración, en la misma época que Adam Smith terminaba de delinear lo que sería el capitalismo. Su estudio se basa en un análisis del crecimiento de la población (geométrica) frente al crecimiento de la producción de los alimentos (aritmética). De forma bastante lógica concluyó que, si el crecimiento de la población era considerablemente mayor que el crecimiento de la producción de alimentos, llegaría un momento en el que no hubiese suficientes alimentos para toda la población mundial (afectando incluso a países del primer mundo), provocando hambruna, crisis y guerras.

Aunque Malthus predijo que la catástrofe llegaría en 1880, no tuvo en cuenta en sus cálculos el avance de la tecnología, que permitió, mediante la industrialización, aumentar la producción de alimentos más rápidamente, de forma parecida a como funciona la Ley de Moore en la tecnología. Pero aún cuando la revolución industrial permitió retrasar la fecha límite, sus consideraciones básicas siguen siendo válidas: si la población mundial sigue creciendo a este ritmo, nada podrá impedir que en unas pocas generaciones acabemos pasando hambre.

Aunque sus teorías se podrían tachar, con razón, de catastrofistas, es de destacar que economistas de todo el espectro lo han utilizado para desarrollar sus teorías (desde Marx, que lo tachaba de enemigo del pueblo por sus medidas contra la natalidad, a Keynes).

¿Cómo podríamos impedir este fatal desenlace?


Tasa de Fertilidad por Países

Cualquier medida que podamos tomar para acelerar la producción de alimentos será sólo un parche para retrasar lo inevitable. El crecimiento mundial seguirá siendo mucho más potente que el crecimiento de alimentos.

Como buen sacerdote, Malthus propuso frenar la natalidad con fidelidad, castidad antes del matrimonio y matrimonios tardíos.

En algunos países se han intentado llevar a cabo políticas de control de la natalidad que, aunque muy efectivas, son un claro menoscabo a los derechos fundamentales del ser humano. No deberían ser la solución final a este problema.

Sin embargo, quizás la solución más sencilla pase por aumentar el alfabetismo de la población. Existen estudios que relacionan una mayor inteligencia con una menor natalidad. El problema está, claro, en que esta medida ni es instantánea como puede ser una ley anti-natalidad, ni suele ser del gusto de los gobiernos, que prefieren mantener a su rebaño inculto.

Acompañando a los malthusianos, tenemos a quienes ya preveen que el fin de la prosperidad está cerca, y se están armando para tener la mejor posición en la próxima gran guerra. Es lo que en algunos medios ya se denomina como la burbuja alimentaria, debido a su triste similitud con la burbuja inmobiliaria. Si son ciertos estos movimientos, la crisis malthusiana podría encontrarse más cerca de lo que nos tememos, debido a una escasez artificial de la producción de alimentos.

¿Seremos capaces de evitar la catástrofe?