¿Elegir o no elegir? Esa es la cuestión

Para caldear el ambiente, os enlazo un vídeo de Barry Schwartz en una de esas charlas TED de bajo nivel, donde nos explica por qué el tener muchas opciones no nos hace necesariamente más felices:

En resumen: Poder elegir nos hace felices, pero si el número de opciones a elegir es demasiado alto, la elección nos trae más insatisfacción que felicidad. 

Cuando no tenemos más que una alternativa, no nos paramos a considerar si es buena o mala, simplemente la seguimos. En todo momento sabremos sus pros y sus contras, y aunque sus problemas nos afecten, al ser inevitables, estaremos en cierta forma más preparados para ellos. En cambio, cuando esa no-elección nos dé felicidad, podremos aprovecharla enteramente, sabiendo además que ha venido de forma espontánea y que debemos aprovecharla porque no sabemos cuanto nos durará.

Cuando tenemos pocas opciones (por ejemplo en una pequeña tienda de alimentación donde sólo hay dos marcas, la cara y la blanca), nos sentiremos más realizados y felices al poder elegir que en la situación anterior. Al ser pocas opciones, son fácilmente comparables y nuestro nivel de satisfacción con la opción escogida será grande.

Sin embargo, cuando tenemos muchas opciones, suele ocurrir que nos paralizamos ante la duda. Hay tanto donde elegir que no podemos hacer una comparativa correcta. Cualquiera de esas opciones tiene sus ventajas y sus inconvenientes, nos cuesta muchísimo decidir y nuestra decisión no será tan rotunda como la anterior, nos iremos con una sensación de incertidumbre en vez de satisfacción. Además, cualquier mínimo problema que resulte de nuestra elección lo achacaremos inmediatamente a nuestra mala capacidad de elegir y nos quedaremos siempre con la duda de “¿y si… (hubiera escogido la otra opción)?”

Así que, con tantas opciones, nos empeñamos en buscar una perfección que no existe. Y no sólo no existe, sino que nos defraudará y nos hará sentirnos peor que si no hubiéramos elegido. Porque al tener que escoger entre tantas alternativas diferentes, la culpa de todo lo que pase a raíz de esa elección, es enteramente nuestra.

Nos invade un miedo a la libertad de elección que nos paraliza y bloquea nuestra felicidad. Si a un niño le dices que puede ser lo que quiera de mayor, luchará por sus sueños e intentará ser aquello que siempre quiso ser. Pero procura no recordárselo de mayor, porque cuando descubra todo lo que no ha podido ser, se sentirá triste y defraudado.

Pero este problema abarca muchos ámbitos, no sólo a nivel personal del día a día. Por ejemplo, existe toda una corriente de economía que aboga por disminuir el control estatal al mínimo para dar el mayor número de opciones posibles (y libertad) al individuo (y a la empresa) de forma que cada uno se construya su propio destino.

Esta idea, en sí misma, no es mala. Prueba de ello es que es muy posible que se convierta en la tendencia económica que nos dominará en los próximos años, con gran cantidad de teóricos y seguidores.

Sin embargo, darle al individuo la capacidad de decisión y la responsabilidad total sobre su futuro puede conllevar tal cantidad de variables que escapan a su control, que probablemente dicho individuo no sepa cómo elegir correctamente. Volvemos a tropezarnos con una nueva forma de miedo a la libertad.

Podríamos pensar que la sociedad está enteramente madura y que eliminar la Sanidad Pública o el Sistema de Pensiones para sustituirlos por sistemas financiados de forma voluntaria y privada podría ser viable. De esta forma, cada uno tendría la libertad de elegir si quiere invertir su dinero para cobrar una pensión posteriormente o si prefiere simplemente ahorrar. Pero ¿estamos realmente maduros para aceptar esta responsabilidad?

Personalmente tengo que confesar que no lo creo. No voy a caer en el ejemplo fácil del sistema sanitario estadounidense, porque puede achacarse a muchas razones (de hecho los neoliberales argumentan que parte del problema es que aún no hay libertad total). Me voy a ir a un ejemplo más cercano: la burbuja inmobiliaria. Por muy inhumano y cruel que suene, todas esas personas que firmaron una hipoteca que ahora no pueden pagar fueron unos irresponsables. De todos ellos, la gran mayoría son culpables de su propia desgracia. No supieron (o no quisieron saber) de las consecuencias de sus acciones. No fueron capaces de elegir correctamente de entre todas las opciones que se les presentaban. Si dejamos el control estatal al mínimo, ¿qué pasará entonces cuando llegue la burbuja alimentaria?

Lutero

“Ellos tienen bajo su vigilancia todos los bienes y practican sin disimulo todos los engaños que han sido mencionados; suben y bajan los precios según su gusto, y oprimen y arruinan a todos los pequeños comerciantes, al modo como el lucio come los pececillos, justamente como si fueran señores de las criaturas de Dios y no tuvieran obligación de prestar obediencia a todas las leyes de la fe y el amor.”

Lutero en 1524, Sobre el comercio y la usura

“Estas palabras de Lutero habrían podido escribirse hoy. El miedo y la ira de la clase media contra los ricos monopolistas durante los siglos XV y XVI, son similares en muchos aspectos al sentimiento que caracteriza la actitud de la clase media contra los monopolistas y los poderosos capitalistas de nuestra época.”

Erich Fromm en 1947, El miedo a la libertad

Tu yo oculto

Somos bastante más de lo que creemos.

Voy a comenzar una serie de entradas abordando un tema que cada día va adquiriendo más popularidad: la dicotomía entre consciente e inconsciente.

En esta primera entrada sentaremos las bases de qué es el consciente y qué es el inconsciente. Intentaré centrarme en resultados científicos, dejando de lado hipótesis filosóficas. Pero este no es un proceso sencillo, ya que la ciencia está en pañales respecto a este tema.

Nuestra mente se compone de dos partes: el consciente y el insconsciente. El consciente es al que llamas “yo”, el que está leyendo este texto y comprendiendo lo que pone. El inconsciente, en cambio, es como el ayudante que vigila al consciente y le va preparando el camino para que el consciente pueda trabajar.

Aunque suene redundante, el inconsciente se encarga de todos esos detalles de los que no eres consciente. Se encarga de reconocer una cara, de reaccionar ante un estímulo, de reconstruir una escena de un simple vistazo,… Se encarga de todas esas tareas necesarias pero automáticas, mecánicas.

Realizamos un experimento con un escáner cerebral en el que las personas debían tomar decisiones muy sencillas. Podían decidir si pulsaban un botón a la izquierda u otro a la derecha. En este caso, sientes que eres totalmente libre de elegir de hacer una cosa u otra, no hay nada que te obligue a elegir una opción o la otra. Registramos la actividad cerebral de las personas y descubrimos que podíamos predecir su decisión, si iban a pulsar el botón de la izquierda o de la derecha, siete segundos antes de que la hubieran tomado. Es decir, no siete segundos antes de que pulsaran el botón, sino siete segundos antes, incluso de que pensaran que habían decidido cuál iban a escoger.

Más información de este experimento aquí

Es decir, que el inconsciente no sólo realiza las tareas sencillas “complementarias” al consciente, sino que parece que va guiando al consciente en todo momento acerca de lo que debe o no debe hacer.

Veamos el funcionamiento del cerebro de una forma más gráfica. Una forma sencilla de explicarlo sería representar a lo largo del tiempo a los procesos mentales con una línea de forma que, a mayor valor, más cerca están de la consciencia porque necesitan de decisiones más complejas, menos automáticas. En la gráfica separaremos cuando un proceso mental es inconsciente mediante el sombreado. Si un proceso “pasa” a ser consciente, sale del área sombreada:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

 

En este caso, un proceso sencillo, como el azul o el rojo, podrían ser procesos mentales como caminar o rascarte un brazo. Tu cerebro tiene el control, pero tú no vas conscientemente pensando paso a paso cómo mover y apoyar el pie.

El proceso morado sigue siendo inconsciente, pero en un momento dado necesita que la consciencia tome una decisión rápida. Por ejemplo podría representar el hecho de abrir una puerta, donde la consciencia interviene un momento para hacer uso de la llave. Esto es, basándonos en la suposición de que utilizar la llave no es algo “automático” ni trivial.

En cambio, los procesos naranja y verde tienen gran parte de consciencia. Pero cabe destacar que estos procesos nunca empiezan fuera del sombreado. Antes de que el consciente empiece a trabajar, el inconsciente “prepara” el terreno, sentando las bases de lo que el consciente va a hacer.

Por ejemplo, el proceso verde podría ser abrir el navegador para leer las noticias. El insconsciente se ha encargado de casi todo el proceso: dirigirte al ordenador, sentarte en la silla, encenderlo, colocar tus manos sobre el ratón y el teclado, etc… Sólo cuando la mente necesita de tu atención, por ejemplo para leer la noticia, es cuando se activa el consciente. Todo lo demás, lo has hecho, pero no has estado “controlándolo” desde el consciente.

Pero el ser humano no siempre ha sido así. Desde que éramos unas sencillas bacterias hasta que desarrollamos la civilización, hemos ido pasando por una serie de estadios que nos han ido abriendo la mente poco a poco.

A lo largo de la evolución, la conciencia ha ido ganando terreno al inconsciente, “bajando” esa barra que separa qué procesos mentales procesa uno y cuales procesa el otro. En la siguiente gráfica podemos ver lo que pasaría si una persona, en la misma situación anterior, no tuviera el consciente tan desarrollado:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

La línea del proceso de la llave, la morada, ha tenido que subir más alto que en el gráfico anterior, ya que el proceso de utilizar la llave es algo que inconscientemente no es capaz de realizar. Esto ha hecho que la mente necesite realizar un “esfuerzo” mayor, para poder salir de la zona sombreada, para poder utilizar la llave. Así mismo, las líneas de la conversación (naranja) y la lectura de noticias (verde), han tenido que subir un poco más también, para poder llegar al consciente, para poder realizar las tareas complejas.

Si este esfuerzo le supone demasiado porque su mente se llena de procesos que tiene que “escalar”, probablemente esta persona decida “prescindir” de algunos procesos mentales. Quizás no pueda hablar y utilizar la llave al mismo tiempo (prescidiendo por ejemplo del proceso naranja) o quizás decida utilizar una cerradura más sencilla.

Probablemente por esto es por lo que podemos enseñar a un chimpancé a realizar tareas o a hablar con lenguaje de signos. Ellos mismos aprenden en su hábitat natural a utilizar herramientas sencillas. Pero no han desarrollado toda una tecnología que les ayude en su día a día porque su consciente ya está saturado con el uso de estas herramientas sencillas. Esto es lo que nos diferencia, nuestro salto evolutivo.

Sin embargo, no seamos ingenuos, este proceso aún no ha terminado en el ser humano. La evolución sigue avanzando, “bajando” el listón para que el consciente siga cada vez aumentando el control sobre lo que hace y deja de hacer. Y, probablemente, esto tenga mucho que ver con los avances sociales, con la percepción de nuestra propia individualidad.

Gráfica de procesos mentales con mucha conciencia

El problema al que se enfrentarían estos “aventajados” de la evolución es que la información que se ven obligados a procesar conscientemente es mucho mayor que lo que tiene que procesar el ser humano medio. Es decir, están “forzando” a su cerebro a trabajar más y más rápido. Controlan mucho mejor sus acciones, toman más decisiones conscientemente y son más conscientes en general de todo lo que sucede a su alrededor. Pero a un coste: el coste de tener que estar más pendiente de todo, porque muchas de las tareas automáticas de las que se encargaba el inconsciente ahora forman parte de la rutina que debe llevar a cabo el consciente.

¿Está preparado para esto nuestro cerebro? ¿Es el consciente capaz de manejar tantos procesos simultáneamente sin volverse loco? ¿Puede ser ésta la causa de enfermedades mentales como la esquizofrenia?

Intentaré contestar a estas preguntas en la próxima entrega, pero de momento dejo un vídeo de una conferencia TED donde J. B. Taylor cuenta su experiencia durante un derrame cerebral y cómo eso afectó a su forma de percibir el mundo a su alrededor, como si hubiese perdido su conciencia:

https://www.youtube.com/watch?v=UyyjU8fzEYU

Sadismo y masoquismo

Dice Erich Fromm en su El Miedo a la Libertad que todos somos en cierto modo sádicos y masoquistas, porque esto es lo único que nos ayuda a superar la soledad y el aislamiento que sentimos como personas individuales. Aunque creo que en libros posteriores desdice parte de este razonamiento, me sirve como punto de partida para un análisis sobre esta idea.

Según Fromm, este masoquismo puede manifestarse de múltiples formas: la rendición a un ser superior que te protege o te castiga (dios), la rendición a las convenciones sociales, la rendición al jefe, la rendición al amante,… Incluso llega a sugerir que las relaciones amorosas no son sino un reflejo más de este sadismo, donde el amante (masoquista) se somete al amado (sádico) en un acto de despersonalización.

En principio, la explicación a este fenómeno es bastante lógica y no es necesario leer a Fromm para llegar a la misma conclusión. Cuando el ser humano se siente solo y aislado, busca la forma de conectar con una o más personas, intentando de esta forma disminuir su soledad.

La forma más rápida de conseguir esta evasión de la soledad es unirse a un grupo que, mediante rituales de iniciación y reuniones periódicas, den al individuo la sensación de pertenecer a algo mayor que sí mismo. La pérdida de libertad que supone la unión a este grupo será para el individuo un precio menor a pagar por sentirse menos solo. Es por esto que los fenómenos de sectas y grupos religiosos son tan comunes a más vaya avanzando la sociedad en cuestión de libertades personales.

Porque esta sensación de soledad, como bien nos indica Fromm, no es sino un efecto de que cada vez el ser humano tiene más y más libertad para hacer o pensar lo que quiera. Esta libertad le proporciona individualidad, le da más espacio a su personalidad y le permite desarrollarse de forma única e independiente. Pero al tener más posibilidades, también le aleja del resto de seres humanos, porque cada uno escogerá su propio camino, separándose del resto.

La comparación más recurrente en El Miedo a la Libertad es con la Edad Media, donde un artesano tenía poca libertad para desarrollar su personalidad, pero que, sin embargo, tenía un fuerte sentimiento de pertenencia a su familia, a su pueblo, a su gremio y a su religión. Su vida estaba perfectamente marcada desde el momento de su nacimiento, pero en ningún momento se sentiría solo. Estaría acompañado durante todo el camino. Sus pesares y sus preocupaciones eran comunes a los pesares y preocupaciones de sus allegados.

Hoy en día, con las victorias en relación a los derechos humanos y las libertades individuales, hemos alcanzado un punto en el que la vida de un ser humano es una hoja en blanco en el momento de su nacimiento. Pero resulta cuanto menos curioso observar cómo estos mismos individuos, cuyo destino está sin escribir, se esfuerzan por despersonalizarse hasta el punto de que su mayor aspiración es convertirse en el “ciudadano medio”, sin destacar ni sobresalir por nada que no sea lo previamente pactado (está bien sobresalir por tener un buen sueldo, pero no por tener aficiones “raras”).

El ser humano, la sociedad en general, no está educada para saber manejar esta avalancha de libertades que tiene entre sus manos. La solución no es, sin embargo, limitar estas libertades. La solución está en aprender a usarlas, con responsabilidad pero sin miedo, de forma que los individuos puedan hacer uso de sus libertades sin sufrir el miedo a la soledad y el aislamiento.

Sin embargo, creo que Fromm se equivoca al considerar que todos somos sádicos o masoquistas. No todas las relaciones se basan en la rendición de un masoquista a un sádico. También existen las relaciones en las que, partiendo del conocimiento del mutuo aislamiento y soledad que experimentan los individuos, se puede llegar a un acuerdo de responsabilidad y compromiso donde ambas partes por igual se ayuden para aliviar esta soledad. No hablo sólo de relaciones amorosas, también hablo de relaciones de amistad, vecindad o incluso laborales, dado el caso.

Probablemente Fromm no tuvo en cuenta (al menos en este primer libro) este tipo de relaciones que sin embargo yo veo tan obvias por un hecho muy simple: Nos separan sesenta años de madurez social. Estamos aprendiendo a manejar nuestras libertades.

Aunque, es cierto, siempre  habrá que ceder parte de la libertad (o libre albedrío) para poder pactar relaciones con otros individuos. Al menos de momento.

Erich Fromm, El miedo a la libertad, Tercera Parte

“Su actividad económica y su riqueza les proporcionaban un sentimiento de libertad y un sentimiento de individualidad. Pero a la vez esta misma gente había perdido algo: la seguridad y el sentimiento de pertenencia que ofrecía la estructura social medieval. Eran más libres, pero a la vez se hallaban más solos. Usaron de su poder y de su riqueza para exprimir hasta la última gota de los placeres de la vida; pero, al hacerlo, debían emplear despiadadamente todos los medios, desde la tortura física hasta la manipulación psicológica […] Todas las relaciones humanas fueron envenenadas por esta lucha cruel por la vida o por la muerte, para el mantenimiento del poder y la riqueza. La solidaridad con los demás hombres -o, por lo menos, con los miembros de su propia clase – se vio reemplazada por una actitud cínica e indiferente.[…] El individuo se halla absorvido por un egocentrismo apasionado, una voracidad insaciable de poder y riqueza.”

Erich Fromm, hablando sobre el Renacimiento, como bien podría estar hablando de los liberales actuales.

Erich Fromm, El miedo a la libertad, Tercera Parte

“Si el significado de la vida se ha tornado dudoso, si las relaciones con los otros y con uno mismo ya no ofrecen seguridad, entonces la fama es un medio para acallar las propias dudas. Posee una función con respecto a la inmortalidad, comparable a la de las pirámides egipcias, o a la de la fe cristiana; eleva la propia vida individual, por encima de sus limitaciones e inestabilidad, hasta el plano de lo indestructible; si el propio nombre es conocido por los contemporáneos y se abriga la esperanza de que durará por siglos, entonces la propia vida adquiere sentido y significación por el mero hecho de reflejarse enlos juicios de los otros.”

Erich Fromm, hablando sobre el Renacimiento, como bien podría estar hablando de la reacción a internet.

Psicopatía

Psicopatía. Psicópatas. Creo que a todos se nos viene a la mente algún personaje de ficción que encaja en ese perfil. Alguien cruel y despiadado, probablemente con un aura que le hace ser atractivo de alguna forma.

Aunque en sus inicios fue considerada como una enfermedad mental, desde la cuarta edición del DSM (decálogo de la psiquiatría), es clasificado como un trastorno de la personalidad. Es decir, no hay una “cura” como tal, no es una enfermedad que pueda arreglarse. Un psicópata es un psicópata y no hay manera de cambiar eso.

Un psicópata, entre otras muchas características, es alguien que es incapaz de sentir. No es capaz de empatizar ni de emocionarse. No conecta con nadie. Internamente es alguien solitario e independiente, con una vida perfectamente planificada y ordenada. Nunca dará un paso sin haberlo meditado previamente, no tendrá cabida la improvisación, porque improvisar es un acto muy relacionado con las emociones. Si hace daño a alguien por el camino, no sentirá remordimientos.

Al no poder sentir, su concepción del bien y del mal se vuelve ambigua. Si respeta las leyes no es porque crea que son buenas para él o para los demás, sino porque no quiere acabar en la cárcel. Si se integra en la sociedad no es porque quiera interaccionar con la gente, sino porque la sociedad le proporciona algo (sea seguridad, bienestar,oportunidades,…) que de otra forma no podría obtener. El mundo se convierte en un tablero donde todos son vulnerables menos él. Al no tener sentimientos, el psicópata puede manipular a su antojo a esos pobres sentimentales que le rodean, que acabarán trabajando para sus fines egoistas. Es un error muy común identificar a un psicópata con alguien torpe y asocial. Pero esto no es así en absoluto. Un psicópata entiende las emociones y los sentimientos, hasta el punto de ser perfectamente capaz de simularlos en la vida real, como si realmente los sintiese. Al ojo inexperto, podría hasta resultar alguien excesivamente emocional.

Por poner un ejemplo que todos podamos conocer sin ofender a nadie, personalmente identificaría a un psicópata con Sheldon o con Dexter. Por supuesto, son personajes de ficción que no se ajustan al perfil exacto de un psicópata, pero pueden servir para dar una aproximación de lo que podría ser. Dexter se muestra confuso y torpe en las relaciones sociales, aunque aprende detalles como llevar donuts por las mañanas para ganarse la simpatía de sus compañeros de trabajo. Por su parte, Sheldon analiza y comprende perfectamente las relaciones humanas, sin llegar realmente a experimentarlas. Un psicópata real sería una mezcla de ambos, con el poder de análisis de Sheldon y la capacidad de actuación de Dexter.

El 1% de la población es psicópata. Es decir, probablemente a lo largo de tu vida llegues a mantener una relación cercana con uno o dos de ellos. Probablemente conoces a más de uno. No suelen esconderse, están a la vista, pavoneándose delante tuya, deseando que les prestes tu atención. Así que sí, vas a encontrarte con más de uno. Vas a tenerlo como amigo, vas a ir a emborracharte con él y puede que hasta seas testigo en su boda. Quizás en algún momento te pares a examinarlo porque haga algún gesto de más (o de menos) que te descoloque y no te encaje en su comportamiento. Algo que y yo no habríamos hecho en su lugar. Pero todo el mundo tiene salidas extrañas, ¿verdad? ¿Cómo puede ser un psicópata? El psicópata serías tú, por ser tan cruel de pensar algo así.

Pero el psicópata no será tu amigo porque se sienta a gusto contigo. El psicópata siempre tiene algo en mente. Quizás esté buscando algún contacto que tengas a mano. Quizás es porque te considera un objeto de estudio y a imitar. O quizás sólo te esté manipulando para dar apariencia sociable. Pero siempre tendrá algún motivo personal y egoísta para relacionarse contigo. Si no le salieras rentable, no estaría a tu lado. Y mientras su manipulación no te esté afectando negativamente ¿te importaría?

Para los fans de Punset, tiene un programa de Redes bastante divulgativo sobre el tema:

Para terminar voy a mencionar un trastorno que se suele confundir con la psicopatía: la alexitimia. Este trastorno es sorprendentemente frecuente (una de cada siete personas) e impide a la persona distinguir y entender sus propios sentimientos. No significa que no tenga sentimientos como en el caso del psicópata, simplemente que no los comprende, no es capaz de saber lo que siente.

La Metamorfosis de Kafka

Me he iniciado en Kafka con su novela corta. Probablemente tenga muchas otras lecturas, pero esta primera sensación me ha dejado la suficiente huella como para querer comentarla. La lectura de La Metamorfosis me ha dejado un sabor amargo, de desazón, como cuando los coches se apartan amablemente para dejar pasar a una ambulancia y sin embargo ves que tras ella se lanza un egoísta que sólo quiere seguir su estela.

Entiendo perfectamente las reacciones del protagonista. La primera, cuando intenta disimular sus problemas centrándose en el día a día, buscando cobijo en la monotonía. Y entiendo sus reacciones posteriores, su depresión y su frustración. Me parecen la forma más natural de enfrentarse a su nueva situación, casi la única que tiene.

Sin embargo no logro entender el comportamiento de su familia. Dejando de lado el horror inicial que casi nadie podría reprimir, me decepciona sobremanera el hecho de que en ningún momento intenten establecer un contacto. Pero lo que más me frustra es que soy capaz de reconocer en ese comportamiento a muchas de las personas que conozco (por no decir la mayoría).

Quizás sea por mi educación del S.XXI, por mi afán científico, pero yo no hubiera dejado pasar los días sin intentar alguna forma de comunicación. Incluso el más basto “un golpe sí, dos no” hubiera bastado para que Greg pudiera comunicarse mediante sus patas. O si el lenguaje se hubiera perdido también en dirección a Greg, siempre podrían quedar otro tipo de lenguajes, más básicos:  la escritura, la música, la mímica,… Si ellos no podían, la ayuda de científicos o médicos podría haber sido útil, aunque sólo fuera para intentar comprender lo que ocurrió.

Pero es que aunque todo eso hubiese fallado, aunque no se hubiera podido reestablecer ni la más básica comunicación, si un ser querido se encuentra en esa situación y parece condenado a permanecer en ella, yo no hubiera podido dejarle de lado. ¿No hablan las personas con sus mascotas, aún sabiendo que difícilmente van a reconocer nada más allá del tono de la voz? ¿No hay jardineros que le cantan a sus plantas para que crezcan más fuertes? El dejar abandonado a Greg me parece de una crueldad casi inexplicable, sólo superada por el alivio final.

Lo que me decepciona no es la falta de amor de los personajes, sino que reconozco esa misma falta demasiado a menudo en nuestro entorno.

Come to the dark side… we have cookies!

El lado oscuro siempre gana. Es un hecho, aunque debido a que la historia la escriben los vencedores, no siempre somos conscientes de hasta qué punto esto es así. Los buenos siempre tienen todas las de perder.

malos contra buenos
malos contra buenos

Para empezar, quien golpea primero, golpea dos veces. Además, la mejor defensa es un buen ataque, sobre todo si este ataque pilla por sorpresa al enemigo. Una buena persona nunca atacará si no es amenazada, porque por definición, alguien que utiliza la violencia sin un motivo real y contundente no puede ser calificado de bueno. En cambio, los malos no necesitan motivos para atacar, por eso son los malos, porque atacan a quien quieren, cuando quieren, y bajo las condiciones que ellos mismos impongan. Así que atacan primero y atacan cuando más les conviene. Desde el principio tienen ventaja táctica.

Los buenos disponen de ataques preventivos para… ¿Ataques preventivos? ¿Preventivo de qué? Si tienes motivos para creer que necesitas un ataque “preventivo”, es porque ya te han atacado, de una forma u otra. Entonces no es un ataque preventivo, sino una respuesta a un ataque previo. Si estás atacando a alguien que aún no te ha atacado, entonces no formas parte del bando de los buenos, sino de los malos, que atacan cuando quieren, como quieren y por intereses propios. Es decir, los buenos siempre son los que se defienden, los malos son quienes atacan.

Y si los buenos llevan las de perder, y los malos llevan las de ganar… Para sobrevivir en este mundo hay que ser de los malos, ser egoísta.

¿Por qué ser egoísta?

Para apoyar los argumentos anteriores crearemos una parábola parecida a la que utiliza Richard Dawkins en su “Gen Egoísta”. Imaginemos una población donde todo el mundo fuese bueno. En esta población de, llámemosles, hormigas, cualquier individuo de la misma ayuda a los demás sin pedir nada a cambio. La población entera se ve beneficiada de este comportamiento, ya que todo el mundo tiene no sólo garantizada su supervivencia (en forma de derechos fundamentales: comida, alojamiento, salud,…), sino que colabora por el bien común. El beneficio se reparte de forma equitativa entre todas las hormigas. La unión hace la fuerza.

Continúa leyendo Come to the dark side… we have cookies!