¿Elegir o no elegir? Esa es la cuestión

Para caldear el ambiente, os enlazo un vídeo de Barry Schwartz en una de esas charlas TED de bajo nivel, donde nos explica por qué el tener muchas opciones no nos hace necesariamente más felices:

En resumen: Poder elegir nos hace felices, pero si el número de opciones a elegir es demasiado alto, la elección nos trae más insatisfacción que felicidad. 

Cuando no tenemos más que una alternativa, no nos paramos a considerar si es buena o mala, simplemente la seguimos. En todo momento sabremos sus pros y sus contras, y aunque sus problemas nos afecten, al ser inevitables, estaremos en cierta forma más preparados para ellos. En cambio, cuando esa no-elección nos dé felicidad, podremos aprovecharla enteramente, sabiendo además que ha venido de forma espontánea y que debemos aprovecharla porque no sabemos cuanto nos durará.

Cuando tenemos pocas opciones (por ejemplo en una pequeña tienda de alimentación donde sólo hay dos marcas, la cara y la blanca), nos sentiremos más realizados y felices al poder elegir que en la situación anterior. Al ser pocas opciones, son fácilmente comparables y nuestro nivel de satisfacción con la opción escogida será grande.

Sin embargo, cuando tenemos muchas opciones, suele ocurrir que nos paralizamos ante la duda. Hay tanto donde elegir que no podemos hacer una comparativa correcta. Cualquiera de esas opciones tiene sus ventajas y sus inconvenientes, nos cuesta muchísimo decidir y nuestra decisión no será tan rotunda como la anterior, nos iremos con una sensación de incertidumbre en vez de satisfacción. Además, cualquier mínimo problema que resulte de nuestra elección lo achacaremos inmediatamente a nuestra mala capacidad de elegir y nos quedaremos siempre con la duda de “¿y si… (hubiera escogido la otra opción)?”

Así que, con tantas opciones, nos empeñamos en buscar una perfección que no existe. Y no sólo no existe, sino que nos defraudará y nos hará sentirnos peor que si no hubiéramos elegido. Porque al tener que escoger entre tantas alternativas diferentes, la culpa de todo lo que pase a raíz de esa elección, es enteramente nuestra.

Nos invade un miedo a la libertad de elección que nos paraliza y bloquea nuestra felicidad. Si a un niño le dices que puede ser lo que quiera de mayor, luchará por sus sueños e intentará ser aquello que siempre quiso ser. Pero procura no recordárselo de mayor, porque cuando descubra todo lo que no ha podido ser, se sentirá triste y defraudado.

Pero este problema abarca muchos ámbitos, no sólo a nivel personal del día a día. Por ejemplo, existe toda una corriente de economía que aboga por disminuir el control estatal al mínimo para dar el mayor número de opciones posibles (y libertad) al individuo (y a la empresa) de forma que cada uno se construya su propio destino.

Esta idea, en sí misma, no es mala. Prueba de ello es que es muy posible que se convierta en la tendencia económica que nos dominará en los próximos años, con gran cantidad de teóricos y seguidores.

Sin embargo, darle al individuo la capacidad de decisión y la responsabilidad total sobre su futuro puede conllevar tal cantidad de variables que escapan a su control, que probablemente dicho individuo no sepa cómo elegir correctamente. Volvemos a tropezarnos con una nueva forma de miedo a la libertad.

Podríamos pensar que la sociedad está enteramente madura y que eliminar la Sanidad Pública o el Sistema de Pensiones para sustituirlos por sistemas financiados de forma voluntaria y privada podría ser viable. De esta forma, cada uno tendría la libertad de elegir si quiere invertir su dinero para cobrar una pensión posteriormente o si prefiere simplemente ahorrar. Pero ¿estamos realmente maduros para aceptar esta responsabilidad?

Personalmente tengo que confesar que no lo creo. No voy a caer en el ejemplo fácil del sistema sanitario estadounidense, porque puede achacarse a muchas razones (de hecho los neoliberales argumentan que parte del problema es que aún no hay libertad total). Me voy a ir a un ejemplo más cercano: la burbuja inmobiliaria. Por muy inhumano y cruel que suene, todas esas personas que firmaron una hipoteca que ahora no pueden pagar fueron unos irresponsables. De todos ellos, la gran mayoría son culpables de su propia desgracia. No supieron (o no quisieron saber) de las consecuencias de sus acciones. No fueron capaces de elegir correctamente de entre todas las opciones que se les presentaban. Si dejamos el control estatal al mínimo, ¿qué pasará entonces cuando llegue la burbuja alimentaria?

Indemostrable no es equivalente a verdad absoluta

Supongo que mis lectores ya conocerán esta clásica cita de Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios:

“En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca.”
Supongamos que yo le hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor le gustaría comprobarlo, verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!
– Enséñemelo –me dice usted.
Yo le llevo a mi garaje. Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.
– ¿Dónde está el dragón? –me pregunta.
– Oh, está aquí –contesto yo moviendo la mano vagamente-. Me olvidé de decir que es un dragón invisible.
Me propone que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.
– Buena idea –replico-, pero este dragón flota en el aire.
Entonces propone usar un detector infrarrojo para detectar el fuego invisible.
– Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.
Se puede pintar con aerosol el dragón para hacerlo visible.
– Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.
Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que usted me propone con una explicación especial de por qué no funcionará.

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente?. Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento concebible válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe?. Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluto a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspirarnos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo le he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Aunque de siempre se han utilizado analogías de este estilo, la natural pedagogía de Carl Sagan sin duda supera al resto de ejemplos:

En la tetera de Russell (1952), se utiliza una tetera espacial que gira alrededor del Sol, justo en el lado contrario de la Tierra. De esta forma nunca nos la hemos cruzado ni hemos tenido forma de verla (habría que enviar una sonda espacial a fotografiarla para demostrarlo). Por muy absurdo que sea, ¿puedes demostrarme, aquí y ahora, que no existe?

URI/UPI

Más moderno y de la mano del Monstruo Espaguetti Volador también nos encontramos al Unicornio Rosa Invisible. Este unicornio, al igual que el dragón en el garaje, es indetectable. Pero real, claro.

Aunque ampliamente utilizados en las discusiones acerca de la religión, el agnosticismo y el ateísmo, creo que la importancia de estos conceptos es aún mayor en las discusiones frente a qué es la ciencia y qué es pseudociencia.

Tener una buena base de este tipo de razonamientos rápidos nos pueden ayudar en muchas situaciones donde alguna de las partes se niega a razonar, donde razonar no significa necesariamente que esté de acuerdo con nuestras ideas, obviamente.

Os dejo también este esquema preparado por RinzeWind (original de Atheismresource.com) para detectar debates vacíos y pre-fabricados y ahorrarnos un valiosísimo tiempo.

Descartes, El Discurso del Método, Sexta Parte

“Aunque a menudo haya explicado algunas de mis opiniones a personas de buenísimo ingenio y que mientras yo les hablaba parecían entenderlas con toda claridad, no obstante, cuando las han repetido he observado que las han cambiado casi siempre de tal suerte que no podía yo confesarlas por mías. Por eso quiero rogar a nuestros descendientes que no crean jamás las cosas que les digan que vienen de mí hasta que yo no las haya divulgado por mí mismo. Y que en modo alguno me asombro de las extravagancias que se atribuyen a todos esos antiguos filósofos, cuyos escritos no tenemos[…] sino que sólo nos los han referido mal.[…] [los seguidores] son como la hiedra, que no tiende a subir más alto que los árboles que la sostienen, e incluso, a menudo vuelve a bajar después de haber llegado hasta su cima[…] No obstante, esa forma de filosofar es muy cómoda para quienes sólo poseen espíritus muy mediocres, porque la oscuridad de las distinciones y de los principios de que se sirven les permite hablar de todo tan osadamente como si los supieran”

Tu yo oculto

Somos bastante más de lo que creemos.

Voy a comenzar una serie de entradas abordando un tema que cada día va adquiriendo más popularidad: la dicotomía entre consciente e inconsciente.

En esta primera entrada sentaremos las bases de qué es el consciente y qué es el inconsciente. Intentaré centrarme en resultados científicos, dejando de lado hipótesis filosóficas. Pero este no es un proceso sencillo, ya que la ciencia está en pañales respecto a este tema.

Nuestra mente se compone de dos partes: el consciente y el insconsciente. El consciente es al que llamas “yo”, el que está leyendo este texto y comprendiendo lo que pone. El inconsciente, en cambio, es como el ayudante que vigila al consciente y le va preparando el camino para que el consciente pueda trabajar.

Aunque suene redundante, el inconsciente se encarga de todos esos detalles de los que no eres consciente. Se encarga de reconocer una cara, de reaccionar ante un estímulo, de reconstruir una escena de un simple vistazo,… Se encarga de todas esas tareas necesarias pero automáticas, mecánicas.

Realizamos un experimento con un escáner cerebral en el que las personas debían tomar decisiones muy sencillas. Podían decidir si pulsaban un botón a la izquierda u otro a la derecha. En este caso, sientes que eres totalmente libre de elegir de hacer una cosa u otra, no hay nada que te obligue a elegir una opción o la otra. Registramos la actividad cerebral de las personas y descubrimos que podíamos predecir su decisión, si iban a pulsar el botón de la izquierda o de la derecha, siete segundos antes de que la hubieran tomado. Es decir, no siete segundos antes de que pulsaran el botón, sino siete segundos antes, incluso de que pensaran que habían decidido cuál iban a escoger.

Más información de este experimento aquí

Es decir, que el inconsciente no sólo realiza las tareas sencillas “complementarias” al consciente, sino que parece que va guiando al consciente en todo momento acerca de lo que debe o no debe hacer.

Veamos el funcionamiento del cerebro de una forma más gráfica. Una forma sencilla de explicarlo sería representar a lo largo del tiempo a los procesos mentales con una línea de forma que, a mayor valor, más cerca están de la consciencia porque necesitan de decisiones más complejas, menos automáticas. En la gráfica separaremos cuando un proceso mental es inconsciente mediante el sombreado. Si un proceso “pasa” a ser consciente, sale del área sombreada:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

 

En este caso, un proceso sencillo, como el azul o el rojo, podrían ser procesos mentales como caminar o rascarte un brazo. Tu cerebro tiene el control, pero tú no vas conscientemente pensando paso a paso cómo mover y apoyar el pie.

El proceso morado sigue siendo inconsciente, pero en un momento dado necesita que la consciencia tome una decisión rápida. Por ejemplo podría representar el hecho de abrir una puerta, donde la consciencia interviene un momento para hacer uso de la llave. Esto es, basándonos en la suposición de que utilizar la llave no es algo “automático” ni trivial.

En cambio, los procesos naranja y verde tienen gran parte de consciencia. Pero cabe destacar que estos procesos nunca empiezan fuera del sombreado. Antes de que el consciente empiece a trabajar, el inconsciente “prepara” el terreno, sentando las bases de lo que el consciente va a hacer.

Por ejemplo, el proceso verde podría ser abrir el navegador para leer las noticias. El insconsciente se ha encargado de casi todo el proceso: dirigirte al ordenador, sentarte en la silla, encenderlo, colocar tus manos sobre el ratón y el teclado, etc… Sólo cuando la mente necesita de tu atención, por ejemplo para leer la noticia, es cuando se activa el consciente. Todo lo demás, lo has hecho, pero no has estado “controlándolo” desde el consciente.

Pero el ser humano no siempre ha sido así. Desde que éramos unas sencillas bacterias hasta que desarrollamos la civilización, hemos ido pasando por una serie de estadios que nos han ido abriendo la mente poco a poco.

A lo largo de la evolución, la conciencia ha ido ganando terreno al inconsciente, “bajando” esa barra que separa qué procesos mentales procesa uno y cuales procesa el otro. En la siguiente gráfica podemos ver lo que pasaría si una persona, en la misma situación anterior, no tuviera el consciente tan desarrollado:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

La línea del proceso de la llave, la morada, ha tenido que subir más alto que en el gráfico anterior, ya que el proceso de utilizar la llave es algo que inconscientemente no es capaz de realizar. Esto ha hecho que la mente necesite realizar un “esfuerzo” mayor, para poder salir de la zona sombreada, para poder utilizar la llave. Así mismo, las líneas de la conversación (naranja) y la lectura de noticias (verde), han tenido que subir un poco más también, para poder llegar al consciente, para poder realizar las tareas complejas.

Si este esfuerzo le supone demasiado porque su mente se llena de procesos que tiene que “escalar”, probablemente esta persona decida “prescindir” de algunos procesos mentales. Quizás no pueda hablar y utilizar la llave al mismo tiempo (prescidiendo por ejemplo del proceso naranja) o quizás decida utilizar una cerradura más sencilla.

Probablemente por esto es por lo que podemos enseñar a un chimpancé a realizar tareas o a hablar con lenguaje de signos. Ellos mismos aprenden en su hábitat natural a utilizar herramientas sencillas. Pero no han desarrollado toda una tecnología que les ayude en su día a día porque su consciente ya está saturado con el uso de estas herramientas sencillas. Esto es lo que nos diferencia, nuestro salto evolutivo.

Sin embargo, no seamos ingenuos, este proceso aún no ha terminado en el ser humano. La evolución sigue avanzando, “bajando” el listón para que el consciente siga cada vez aumentando el control sobre lo que hace y deja de hacer. Y, probablemente, esto tenga mucho que ver con los avances sociales, con la percepción de nuestra propia individualidad.

Gráfica de procesos mentales con mucha conciencia

El problema al que se enfrentarían estos “aventajados” de la evolución es que la información que se ven obligados a procesar conscientemente es mucho mayor que lo que tiene que procesar el ser humano medio. Es decir, están “forzando” a su cerebro a trabajar más y más rápido. Controlan mucho mejor sus acciones, toman más decisiones conscientemente y son más conscientes en general de todo lo que sucede a su alrededor. Pero a un coste: el coste de tener que estar más pendiente de todo, porque muchas de las tareas automáticas de las que se encargaba el inconsciente ahora forman parte de la rutina que debe llevar a cabo el consciente.

¿Está preparado para esto nuestro cerebro? ¿Es el consciente capaz de manejar tantos procesos simultáneamente sin volverse loco? ¿Puede ser ésta la causa de enfermedades mentales como la esquizofrenia?

Intentaré contestar a estas preguntas en la próxima entrega, pero de momento dejo un vídeo de una conferencia TED donde J. B. Taylor cuenta su experiencia durante un derrame cerebral y cómo eso afectó a su forma de percibir el mundo a su alrededor, como si hubiese perdido su conciencia:

https://www.youtube.com/watch?v=UyyjU8fzEYU

La burbuja alimentaria

Como ya comentamos anteriormente, ahora que la burbuja inmobiliaria se ha agotado y que el petróleo empieza a escasear, los pesos pesados de las inversiones se están volcando en los alimentos. Si bien para los inmuebles aún podían argumentar que no eran un bien común y que no perjudicaba al día a día de las personas, ¿qué argumento utilizarán para negar alimentos esperando a que suba el precio?

Por supuesto, no todos los alimentos son susceptibles de inversión. Tienen que recurrir a alimentos imperecederos como cereales, por ejemplo. Quizás ese sea su argumento, que aguantemos con los alimentos perecederos mientras ellos acumulan los imperecederos en espera de que en nuestra desesperación les compremos a precios imposibles.

Erich Fromm, El miedo a la libertad, Tercera Parte

“Su actividad económica y su riqueza les proporcionaban un sentimiento de libertad y un sentimiento de individualidad. Pero a la vez esta misma gente había perdido algo: la seguridad y el sentimiento de pertenencia que ofrecía la estructura social medieval. Eran más libres, pero a la vez se hallaban más solos. Usaron de su poder y de su riqueza para exprimir hasta la última gota de los placeres de la vida; pero, al hacerlo, debían emplear despiadadamente todos los medios, desde la tortura física hasta la manipulación psicológica […] Todas las relaciones humanas fueron envenenadas por esta lucha cruel por la vida o por la muerte, para el mantenimiento del poder y la riqueza. La solidaridad con los demás hombres -o, por lo menos, con los miembros de su propia clase – se vio reemplazada por una actitud cínica e indiferente.[…] El individuo se halla absorvido por un egocentrismo apasionado, una voracidad insaciable de poder y riqueza.”

Erich Fromm, hablando sobre el Renacimiento, como bien podría estar hablando de los liberales actuales.

Erich Fromm, El miedo a la libertad, Tercera Parte

“Si el significado de la vida se ha tornado dudoso, si las relaciones con los otros y con uno mismo ya no ofrecen seguridad, entonces la fama es un medio para acallar las propias dudas. Posee una función con respecto a la inmortalidad, comparable a la de las pirámides egipcias, o a la de la fe cristiana; eleva la propia vida individual, por encima de sus limitaciones e inestabilidad, hasta el plano de lo indestructible; si el propio nombre es conocido por los contemporáneos y se abriga la esperanza de que durará por siglos, entonces la propia vida adquiere sentido y significación por el mero hecho de reflejarse enlos juicios de los otros.”

Erich Fromm, hablando sobre el Renacimiento, como bien podría estar hablando de la reacción a internet.

Psicopatía

Psicopatía. Psicópatas. Creo que a todos se nos viene a la mente algún personaje de ficción que encaja en ese perfil. Alguien cruel y despiadado, probablemente con un aura que le hace ser atractivo de alguna forma.

Aunque en sus inicios fue considerada como una enfermedad mental, desde la cuarta edición del DSM (decálogo de la psiquiatría), es clasificado como un trastorno de la personalidad. Es decir, no hay una “cura” como tal, no es una enfermedad que pueda arreglarse. Un psicópata es un psicópata y no hay manera de cambiar eso.

Un psicópata, entre otras muchas características, es alguien que es incapaz de sentir. No es capaz de empatizar ni de emocionarse. No conecta con nadie. Internamente es alguien solitario e independiente, con una vida perfectamente planificada y ordenada. Nunca dará un paso sin haberlo meditado previamente, no tendrá cabida la improvisación, porque improvisar es un acto muy relacionado con las emociones. Si hace daño a alguien por el camino, no sentirá remordimientos.

Al no poder sentir, su concepción del bien y del mal se vuelve ambigua. Si respeta las leyes no es porque crea que son buenas para él o para los demás, sino porque no quiere acabar en la cárcel. Si se integra en la sociedad no es porque quiera interaccionar con la gente, sino porque la sociedad le proporciona algo (sea seguridad, bienestar,oportunidades,…) que de otra forma no podría obtener. El mundo se convierte en un tablero donde todos son vulnerables menos él. Al no tener sentimientos, el psicópata puede manipular a su antojo a esos pobres sentimentales que le rodean, que acabarán trabajando para sus fines egoistas. Es un error muy común identificar a un psicópata con alguien torpe y asocial. Pero esto no es así en absoluto. Un psicópata entiende las emociones y los sentimientos, hasta el punto de ser perfectamente capaz de simularlos en la vida real, como si realmente los sintiese. Al ojo inexperto, podría hasta resultar alguien excesivamente emocional.

Por poner un ejemplo que todos podamos conocer sin ofender a nadie, personalmente identificaría a un psicópata con Sheldon o con Dexter. Por supuesto, son personajes de ficción que no se ajustan al perfil exacto de un psicópata, pero pueden servir para dar una aproximación de lo que podría ser. Dexter se muestra confuso y torpe en las relaciones sociales, aunque aprende detalles como llevar donuts por las mañanas para ganarse la simpatía de sus compañeros de trabajo. Por su parte, Sheldon analiza y comprende perfectamente las relaciones humanas, sin llegar realmente a experimentarlas. Un psicópata real sería una mezcla de ambos, con el poder de análisis de Sheldon y la capacidad de actuación de Dexter.

El 1% de la población es psicópata. Es decir, probablemente a lo largo de tu vida llegues a mantener una relación cercana con uno o dos de ellos. Probablemente conoces a más de uno. No suelen esconderse, están a la vista, pavoneándose delante tuya, deseando que les prestes tu atención. Así que sí, vas a encontrarte con más de uno. Vas a tenerlo como amigo, vas a ir a emborracharte con él y puede que hasta seas testigo en su boda. Quizás en algún momento te pares a examinarlo porque haga algún gesto de más (o de menos) que te descoloque y no te encaje en su comportamiento. Algo que y yo no habríamos hecho en su lugar. Pero todo el mundo tiene salidas extrañas, ¿verdad? ¿Cómo puede ser un psicópata? El psicópata serías tú, por ser tan cruel de pensar algo así.

Pero el psicópata no será tu amigo porque se sienta a gusto contigo. El psicópata siempre tiene algo en mente. Quizás esté buscando algún contacto que tengas a mano. Quizás es porque te considera un objeto de estudio y a imitar. O quizás sólo te esté manipulando para dar apariencia sociable. Pero siempre tendrá algún motivo personal y egoísta para relacionarse contigo. Si no le salieras rentable, no estaría a tu lado. Y mientras su manipulación no te esté afectando negativamente ¿te importaría?

Para los fans de Punset, tiene un programa de Redes bastante divulgativo sobre el tema:

Para terminar voy a mencionar un trastorno que se suele confundir con la psicopatía: la alexitimia. Este trastorno es sorprendentemente frecuente (una de cada siete personas) e impide a la persona distinguir y entender sus propios sentimientos. No significa que no tenga sentimientos como en el caso del psicópata, simplemente que no los comprende, no es capaz de saber lo que siente.

Ley de Malthus

A día de hoy, con más de seis mil millones de habitantes, la raza humana sigue su crecimiento sin freno y se prevee que alcancemos los siete mil millones a lo largo de 2011. La Tierra nunca ha estado tan poblada de seres humanos, ni se le ha exigido tanta producción de alimentos.

Curva de la población mundial

Thomas Malthus (aka El Gran Pesimista) fue un sacerdote economista que publicó en 1798 un ensayo sobre el crecimiento mundial que a día de hoy sigue siendo base para algunas teorías demográficas. Este ensayo aparece en plena Ilustración, en la misma época que Adam Smith terminaba de delinear lo que sería el capitalismo. Su estudio se basa en un análisis del crecimiento de la población (geométrica) frente al crecimiento de la producción de los alimentos (aritmética). De forma bastante lógica concluyó que, si el crecimiento de la población era considerablemente mayor que el crecimiento de la producción de alimentos, llegaría un momento en el que no hubiese suficientes alimentos para toda la población mundial (afectando incluso a países del primer mundo), provocando hambruna, crisis y guerras.

Aunque Malthus predijo que la catástrofe llegaría en 1880, no tuvo en cuenta en sus cálculos el avance de la tecnología, que permitió, mediante la industrialización, aumentar la producción de alimentos más rápidamente, de forma parecida a como funciona la Ley de Moore en la tecnología. Pero aún cuando la revolución industrial permitió retrasar la fecha límite, sus consideraciones básicas siguen siendo válidas: si la población mundial sigue creciendo a este ritmo, nada podrá impedir que en unas pocas generaciones acabemos pasando hambre.

Aunque sus teorías se podrían tachar, con razón, de catastrofistas, es de destacar que economistas de todo el espectro lo han utilizado para desarrollar sus teorías (desde Marx, que lo tachaba de enemigo del pueblo por sus medidas contra la natalidad, a Keynes).

¿Cómo podríamos impedir este fatal desenlace?


Tasa de Fertilidad por Países

Cualquier medida que podamos tomar para acelerar la producción de alimentos será sólo un parche para retrasar lo inevitable. El crecimiento mundial seguirá siendo mucho más potente que el crecimiento de alimentos.

Como buen sacerdote, Malthus propuso frenar la natalidad con fidelidad, castidad antes del matrimonio y matrimonios tardíos.

En algunos países se han intentado llevar a cabo políticas de control de la natalidad que, aunque muy efectivas, son un claro menoscabo a los derechos fundamentales del ser humano. No deberían ser la solución final a este problema.

Sin embargo, quizás la solución más sencilla pase por aumentar el alfabetismo de la población. Existen estudios que relacionan una mayor inteligencia con una menor natalidad. El problema está, claro, en que esta medida ni es instantánea como puede ser una ley anti-natalidad, ni suele ser del gusto de los gobiernos, que prefieren mantener a su rebaño inculto.

Acompañando a los malthusianos, tenemos a quienes ya preveen que el fin de la prosperidad está cerca, y se están armando para tener la mejor posición en la próxima gran guerra. Es lo que en algunos medios ya se denomina como la burbuja alimentaria, debido a su triste similitud con la burbuja inmobiliaria. Si son ciertos estos movimientos, la crisis malthusiana podría encontrarse más cerca de lo que nos tememos, debido a una escasez artificial de la producción de alimentos.

¿Seremos capaces de evitar la catástrofe?