El sistema insostenible

Erich Fromm tenía razón. Somos seres egoístas, solitarios y tenemos una autoestima tan baja que la mayoría de nosotros cree que un mundo igualitario es una utopía. No es un anacronismo, no es una herencia maldita de ninguna dictadura. Es un hecho.

Es increíble el incremento de parejas donde uno de los dos tiene una posición claramente dominante mientras el otro simplemente se deja arrastrar por los deseos del dominante. La raíz del maltrato. La raíz de muchos más problemas. Y ya no se esconden, ya no queda la mujer (o el hombre) en casa con la pata quebrada. Ahora lucen orgullosos sus heridas de guerra y sometimiento, como si ser sometido fuese señal unívoca de amor.

No estamos preparados para una relación de iguales. No sabemos cómo tratar al otro. Es un extraño, un ser alienado con el que no sabemos comunicarnos. Vivimos en un egoísta solipsismo virtual que nos impide darnos cuenta de la realidad más básica: todos estamos igual de solos.

“¿Cual será el secreto para mantener una relación sana durante tanto tiempo?”

“La comunicación. Saber que el otro no hace las cosas para joderte. Confianza mutua.”

Utopía.”

“Otra vez”

Por eso no funciona este sistema capitalista en el que las empresas sólo valoran a sus empleados cuando estos lanzan el órdago de que otra empresa les ofrece algo mejor. Por eso los empleados están más preocupados de que su empresa quiera sustituirles por otro, en vez de centrarse en la solidaridad obrera. Por eso nada funciona como debería. Por eso la teoría es errónea.

¿En serio necesitamos que nos amenace alguien de fuera para poder entenderlo?

Dame lo que me  corresponde, sin esperar a que yo te lo pida, y yo me centraré en hacer mi parte lo mejor posible, sin distracciones. Sin buscarte el mal. ¿Nadie entiende este concepto tan simple? Tuvo que venir alguien de una realidad paralela a explicarnos teoría de juegos y el dilema del prisionero. Y no le creíamos. No estábamos preparados para creerle. Seguimos sin aplicar su conocimiento.

Así que seguimos adelante sin darnos cuenta de que cada vez que nos pisoteamos unos a otros, estamos dando ventaja a los que saben aprovecharse de la situación. Seguimos sin querer escuchar lo que el otro tiene que decirnos, que no es más que un reflejo de nuestros propios pensamientos.

https://www.youtube.com/watch?v=KRzMtlZjXpU

Karma

Ni en lo más profundo del océano, ni en la cumbre de la montaña más alta, podrá refugiarse alguien donde escaparse de las consecuencias de sus malas acciones.
Buda

Justicia Ciega

¿Qué es el Karma?

El karma como concepto es muy sencillo: si haces el bien, recibirás el bien. Si haces el mal, recibirás el mal. Las personas buenas son recompensadas. A las personas malas les pasarán cosas malas.

El karma suele estar muy asociado al budismo, ya que sus primeras menciones están muy relacionadas con las religiones dhármicas. Sin embargo, este concepto ha sido muy bien absorbido por casi todas las culturas (como en el Cuento de Navidad de Dickens) y religiones, ya sea como una fuerza natural imparable o como un dios vengador que ejercerá una justicia divina.

Desde un punto de vista psicológico, tiene sentido. De forma general cuando una persona necesita ayuda de otra, es mucho más fácil recibir esta ayuda si previamente ha realizado buenas acciones. Todo el mundo es más propenso a ayudar a alguien que “se lo merece” antes que a alguien que “no se lo merece”.

Esto las religiones lo conocen desde hace mucho. Desde las religiones más antiguas, se sabía ya que eran necesarias ciertas pautas de comportamiento para mantener la paz social. Por ejemplo, con la aparición del judaísmo, estas normas se hacen mucho más explícitas con las tablas de Moisés. Sin embargo, es en la evolución al cristianismo donde incide aún más en estas normas sociales, eliminando el ojo por ojo por unas normas más laxas basadas en el perdón absoluto.

Por tanto, desde un punto de vista estadístico, parece bastante lógico que podría modelarse el karma como una función probabilística donde el número de acciones buenas y malas sobre otras personas influyen en el karma que estas personas reciben de otras. En el fondo, esto no es nada nuevo, no es más que una variante de lo que se conoce como ingeniería social.

¿Existe entonces el karma? ¿Tenía Buda razón?

Cuando mal obres no pienses “esto no traerá consecuencias para mi”, las pequeñas acciones malas se van acumulando y, cuando se desbordan, te ocurrirá una gran catástrofe.
Cuando obres bien no pienses “esto no traerá consecuencias para mi”, las pequeñas acciones buenas se van acumulando y, cuando se desbordan, te sobrevendrá una gran dicha.
Buda

Feminismo en Tristán

El problema de mi vida me anonada más cuanto más pienso en él. Quiero ser algo en el mundo, cultivar un arte, vivir de mí misma. El desaliento me abruma. ¿Será verdad, Dios mío, que pretendo un imposible? Quiero tener una profesión, y no sirvo para nada, ni sé nada de cosa alguna. Esto es horrendo.

Aspiro a no depender de nadie, ni del hombre que adoro. No quiero ser su manceba, tipo innoble, la hembra que mantienen algunos individuos para que les divierta, como un perro de caza; ni tampoco que el hombre de mis ilusiones se me convierta en marido. No veo la felicidad en el matrimonio. Quiero, para expresarlo a mi manera, estar casada conmigo misma, y ser mi propia cabeza de familia. No sabré amar por obligación; sólo en la libertad comprendo mi fe constante y mi adhesión sin límites. Protesto, me da la gana de protestar contra los hombres, que se han cogido todo el mundo por suyo, y no nos han dejado a nosotras más que las veredas estrechitas por donde ellos no saben andar…

Estoy cargante, ¿verdad? No hagas caso de mí. ¡Qué locuras! No sé lo que pienso ni lo que escribo; mi cabeza es un nidal de disparates. ¡Pobre de mí! Compadéceme; hazme burla… Manda que me pongan la camisa de fuerza y que me encierren en una jaula. Hoy no puedo escribirte ninguna broma, no está la masa para rosquillas. No sé más que llorar, y este papel te lleva un botiquín de lágrimas. Dime tú: ¿por qué he nacido? ¿Por qué no me quedé allá, en el regazo de la señora nada, tan hermosa, tan tranquila, tan dormilona, tan…? No sé acabar.

Tristán, Benito Pérez Galdós.

 

¿Elegir o no elegir? Esa es la cuestión

Para caldear el ambiente, os enlazo un vídeo de Barry Schwartz en una de esas charlas TED de bajo nivel, donde nos explica por qué el tener muchas opciones no nos hace necesariamente más felices:

En resumen: Poder elegir nos hace felices, pero si el número de opciones a elegir es demasiado alto, la elección nos trae más insatisfacción que felicidad. 

Cuando no tenemos más que una alternativa, no nos paramos a considerar si es buena o mala, simplemente la seguimos. En todo momento sabremos sus pros y sus contras, y aunque sus problemas nos afecten, al ser inevitables, estaremos en cierta forma más preparados para ellos. En cambio, cuando esa no-elección nos dé felicidad, podremos aprovecharla enteramente, sabiendo además que ha venido de forma espontánea y que debemos aprovecharla porque no sabemos cuanto nos durará.

Cuando tenemos pocas opciones (por ejemplo en una pequeña tienda de alimentación donde sólo hay dos marcas, la cara y la blanca), nos sentiremos más realizados y felices al poder elegir que en la situación anterior. Al ser pocas opciones, son fácilmente comparables y nuestro nivel de satisfacción con la opción escogida será grande.

Sin embargo, cuando tenemos muchas opciones, suele ocurrir que nos paralizamos ante la duda. Hay tanto donde elegir que no podemos hacer una comparativa correcta. Cualquiera de esas opciones tiene sus ventajas y sus inconvenientes, nos cuesta muchísimo decidir y nuestra decisión no será tan rotunda como la anterior, nos iremos con una sensación de incertidumbre en vez de satisfacción. Además, cualquier mínimo problema que resulte de nuestra elección lo achacaremos inmediatamente a nuestra mala capacidad de elegir y nos quedaremos siempre con la duda de “¿y si… (hubiera escogido la otra opción)?”

Así que, con tantas opciones, nos empeñamos en buscar una perfección que no existe. Y no sólo no existe, sino que nos defraudará y nos hará sentirnos peor que si no hubiéramos elegido. Porque al tener que escoger entre tantas alternativas diferentes, la culpa de todo lo que pase a raíz de esa elección, es enteramente nuestra.

Nos invade un miedo a la libertad de elección que nos paraliza y bloquea nuestra felicidad. Si a un niño le dices que puede ser lo que quiera de mayor, luchará por sus sueños e intentará ser aquello que siempre quiso ser. Pero procura no recordárselo de mayor, porque cuando descubra todo lo que no ha podido ser, se sentirá triste y defraudado.

Pero este problema abarca muchos ámbitos, no sólo a nivel personal del día a día. Por ejemplo, existe toda una corriente de economía que aboga por disminuir el control estatal al mínimo para dar el mayor número de opciones posibles (y libertad) al individuo (y a la empresa) de forma que cada uno se construya su propio destino.

Esta idea, en sí misma, no es mala. Prueba de ello es que es muy posible que se convierta en la tendencia económica que nos dominará en los próximos años, con gran cantidad de teóricos y seguidores.

Sin embargo, darle al individuo la capacidad de decisión y la responsabilidad total sobre su futuro puede conllevar tal cantidad de variables que escapan a su control, que probablemente dicho individuo no sepa cómo elegir correctamente. Volvemos a tropezarnos con una nueva forma de miedo a la libertad.

Podríamos pensar que la sociedad está enteramente madura y que eliminar la Sanidad Pública o el Sistema de Pensiones para sustituirlos por sistemas financiados de forma voluntaria y privada podría ser viable. De esta forma, cada uno tendría la libertad de elegir si quiere invertir su dinero para cobrar una pensión posteriormente o si prefiere simplemente ahorrar. Pero ¿estamos realmente maduros para aceptar esta responsabilidad?

Personalmente tengo que confesar que no lo creo. No voy a caer en el ejemplo fácil del sistema sanitario estadounidense, porque puede achacarse a muchas razones (de hecho los neoliberales argumentan que parte del problema es que aún no hay libertad total). Me voy a ir a un ejemplo más cercano: la burbuja inmobiliaria. Por muy inhumano y cruel que suene, todas esas personas que firmaron una hipoteca que ahora no pueden pagar fueron unos irresponsables. De todos ellos, la gran mayoría son culpables de su propia desgracia. No supieron (o no quisieron saber) de las consecuencias de sus acciones. No fueron capaces de elegir correctamente de entre todas las opciones que se les presentaban. Si dejamos el control estatal al mínimo, ¿qué pasará entonces cuando llegue la burbuja alimentaria?

Sadismo y masoquismo

Dice Erich Fromm en su El Miedo a la Libertad que todos somos en cierto modo sádicos y masoquistas, porque esto es lo único que nos ayuda a superar la soledad y el aislamiento que sentimos como personas individuales. Aunque creo que en libros posteriores desdice parte de este razonamiento, me sirve como punto de partida para un análisis sobre esta idea.

Según Fromm, este masoquismo puede manifestarse de múltiples formas: la rendición a un ser superior que te protege o te castiga (dios), la rendición a las convenciones sociales, la rendición al jefe, la rendición al amante,… Incluso llega a sugerir que las relaciones amorosas no son sino un reflejo más de este sadismo, donde el amante (masoquista) se somete al amado (sádico) en un acto de despersonalización.

En principio, la explicación a este fenómeno es bastante lógica y no es necesario leer a Fromm para llegar a la misma conclusión. Cuando el ser humano se siente solo y aislado, busca la forma de conectar con una o más personas, intentando de esta forma disminuir su soledad.

La forma más rápida de conseguir esta evasión de la soledad es unirse a un grupo que, mediante rituales de iniciación y reuniones periódicas, den al individuo la sensación de pertenecer a algo mayor que sí mismo. La pérdida de libertad que supone la unión a este grupo será para el individuo un precio menor a pagar por sentirse menos solo. Es por esto que los fenómenos de sectas y grupos religiosos son tan comunes a más vaya avanzando la sociedad en cuestión de libertades personales.

Porque esta sensación de soledad, como bien nos indica Fromm, no es sino un efecto de que cada vez el ser humano tiene más y más libertad para hacer o pensar lo que quiera. Esta libertad le proporciona individualidad, le da más espacio a su personalidad y le permite desarrollarse de forma única e independiente. Pero al tener más posibilidades, también le aleja del resto de seres humanos, porque cada uno escogerá su propio camino, separándose del resto.

La comparación más recurrente en El Miedo a la Libertad es con la Edad Media, donde un artesano tenía poca libertad para desarrollar su personalidad, pero que, sin embargo, tenía un fuerte sentimiento de pertenencia a su familia, a su pueblo, a su gremio y a su religión. Su vida estaba perfectamente marcada desde el momento de su nacimiento, pero en ningún momento se sentiría solo. Estaría acompañado durante todo el camino. Sus pesares y sus preocupaciones eran comunes a los pesares y preocupaciones de sus allegados.

Hoy en día, con las victorias en relación a los derechos humanos y las libertades individuales, hemos alcanzado un punto en el que la vida de un ser humano es una hoja en blanco en el momento de su nacimiento. Pero resulta cuanto menos curioso observar cómo estos mismos individuos, cuyo destino está sin escribir, se esfuerzan por despersonalizarse hasta el punto de que su mayor aspiración es convertirse en el “ciudadano medio”, sin destacar ni sobresalir por nada que no sea lo previamente pactado (está bien sobresalir por tener un buen sueldo, pero no por tener aficiones “raras”).

El ser humano, la sociedad en general, no está educada para saber manejar esta avalancha de libertades que tiene entre sus manos. La solución no es, sin embargo, limitar estas libertades. La solución está en aprender a usarlas, con responsabilidad pero sin miedo, de forma que los individuos puedan hacer uso de sus libertades sin sufrir el miedo a la soledad y el aislamiento.

Sin embargo, creo que Fromm se equivoca al considerar que todos somos sádicos o masoquistas. No todas las relaciones se basan en la rendición de un masoquista a un sádico. También existen las relaciones en las que, partiendo del conocimiento del mutuo aislamiento y soledad que experimentan los individuos, se puede llegar a un acuerdo de responsabilidad y compromiso donde ambas partes por igual se ayuden para aliviar esta soledad. No hablo sólo de relaciones amorosas, también hablo de relaciones de amistad, vecindad o incluso laborales, dado el caso.

Probablemente Fromm no tuvo en cuenta (al menos en este primer libro) este tipo de relaciones que sin embargo yo veo tan obvias por un hecho muy simple: Nos separan sesenta años de madurez social. Estamos aprendiendo a manejar nuestras libertades.

Aunque, es cierto, siempre  habrá que ceder parte de la libertad (o libre albedrío) para poder pactar relaciones con otros individuos. Al menos de momento.

Erich Fromm, El miedo a la libertad, Tercera Parte

“Si el significado de la vida se ha tornado dudoso, si las relaciones con los otros y con uno mismo ya no ofrecen seguridad, entonces la fama es un medio para acallar las propias dudas. Posee una función con respecto a la inmortalidad, comparable a la de las pirámides egipcias, o a la de la fe cristiana; eleva la propia vida individual, por encima de sus limitaciones e inestabilidad, hasta el plano de lo indestructible; si el propio nombre es conocido por los contemporáneos y se abriga la esperanza de que durará por siglos, entonces la propia vida adquiere sentido y significación por el mero hecho de reflejarse enlos juicios de los otros.”

Erich Fromm, hablando sobre el Renacimiento, como bien podría estar hablando de la reacción a internet.

Felicidad

“La felicidad es un estado de ánimo caracterizado por dotar a la personalidad de quien la posee de un enfoque del medio positivo. Es definida como una condición interna de satisfacción y alegría.”

Definición de Felicidad en la Wikipedia.

Dicen que la felicidad es como el amor, no se puede explicar. Simplemente lo sabes.

¿Soy feliz?

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¿Sonríe o llora?

Una pregunta tan sencilla y a la vez tan compleja. ¿Cómo puedo saber si soy feliz? ¿Y si no soy feliz pero me estoy engañando y creo que lo soy y por eso no sigo buscando la felicidad?¿Y qué diferencia hay entre eso y ser feliz? ¿No es ser feliz equivalente a sentirse feliz? ¿Importa entonces si originariamente lo era o simplemente me engañé para serlo?

¿Hay grados de felicidad? ¿Se puede ser más feliz de lo que soy? ¿Cómo? ¿Quiero serlo? Debería, ¿no? ¿No es la felicidad lo que todos quieren alcanzar? Algunos a través de la alegría, otros a través del dolor,… pero eso es lo que los hace felices, ¿no? Cada uno a su manera, pero todos luchan por ser felices, por sentirse bien.

¿Es entonces la felicidad la meta a la que todos aspiran llegar pero que ninguno llega a alcanzar porque es sólo un ideal abstracto?

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