Lutero

“Ellos tienen bajo su vigilancia todos los bienes y practican sin disimulo todos los engaños que han sido mencionados; suben y bajan los precios según su gusto, y oprimen y arruinan a todos los pequeños comerciantes, al modo como el lucio come los pececillos, justamente como si fueran señores de las criaturas de Dios y no tuvieran obligación de prestar obediencia a todas las leyes de la fe y el amor.”

Lutero en 1524, Sobre el comercio y la usura

“Estas palabras de Lutero habrían podido escribirse hoy. El miedo y la ira de la clase media contra los ricos monopolistas durante los siglos XV y XVI, son similares en muchos aspectos al sentimiento que caracteriza la actitud de la clase media contra los monopolistas y los poderosos capitalistas de nuestra época.”

Erich Fromm en 1947, El miedo a la libertad

Tu yo oculto

Somos bastante más de lo que creemos.

Voy a comenzar una serie de entradas abordando un tema que cada día va adquiriendo más popularidad: la dicotomía entre consciente e inconsciente.

En esta primera entrada sentaremos las bases de qué es el consciente y qué es el inconsciente. Intentaré centrarme en resultados científicos, dejando de lado hipótesis filosóficas. Pero este no es un proceso sencillo, ya que la ciencia está en pañales respecto a este tema.

Nuestra mente se compone de dos partes: el consciente y el insconsciente. El consciente es al que llamas “yo”, el que está leyendo este texto y comprendiendo lo que pone. El inconsciente, en cambio, es como el ayudante que vigila al consciente y le va preparando el camino para que el consciente pueda trabajar.

Aunque suene redundante, el inconsciente se encarga de todos esos detalles de los que no eres consciente. Se encarga de reconocer una cara, de reaccionar ante un estímulo, de reconstruir una escena de un simple vistazo,… Se encarga de todas esas tareas necesarias pero automáticas, mecánicas.

Realizamos un experimento con un escáner cerebral en el que las personas debían tomar decisiones muy sencillas. Podían decidir si pulsaban un botón a la izquierda u otro a la derecha. En este caso, sientes que eres totalmente libre de elegir de hacer una cosa u otra, no hay nada que te obligue a elegir una opción o la otra. Registramos la actividad cerebral de las personas y descubrimos que podíamos predecir su decisión, si iban a pulsar el botón de la izquierda o de la derecha, siete segundos antes de que la hubieran tomado. Es decir, no siete segundos antes de que pulsaran el botón, sino siete segundos antes, incluso de que pensaran que habían decidido cuál iban a escoger.

Más información de este experimento aquí

Es decir, que el inconsciente no sólo realiza las tareas sencillas “complementarias” al consciente, sino que parece que va guiando al consciente en todo momento acerca de lo que debe o no debe hacer.

Veamos el funcionamiento del cerebro de una forma más gráfica. Una forma sencilla de explicarlo sería representar a lo largo del tiempo a los procesos mentales con una línea de forma que, a mayor valor, más cerca están de la consciencia porque necesitan de decisiones más complejas, menos automáticas. En la gráfica separaremos cuando un proceso mental es inconsciente mediante el sombreado. Si un proceso “pasa” a ser consciente, sale del área sombreada:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

 

En este caso, un proceso sencillo, como el azul o el rojo, podrían ser procesos mentales como caminar o rascarte un brazo. Tu cerebro tiene el control, pero tú no vas conscientemente pensando paso a paso cómo mover y apoyar el pie.

El proceso morado sigue siendo inconsciente, pero en un momento dado necesita que la consciencia tome una decisión rápida. Por ejemplo podría representar el hecho de abrir una puerta, donde la consciencia interviene un momento para hacer uso de la llave. Esto es, basándonos en la suposición de que utilizar la llave no es algo “automático” ni trivial.

En cambio, los procesos naranja y verde tienen gran parte de consciencia. Pero cabe destacar que estos procesos nunca empiezan fuera del sombreado. Antes de que el consciente empiece a trabajar, el inconsciente “prepara” el terreno, sentando las bases de lo que el consciente va a hacer.

Por ejemplo, el proceso verde podría ser abrir el navegador para leer las noticias. El insconsciente se ha encargado de casi todo el proceso: dirigirte al ordenador, sentarte en la silla, encenderlo, colocar tus manos sobre el ratón y el teclado, etc… Sólo cuando la mente necesita de tu atención, por ejemplo para leer la noticia, es cuando se activa el consciente. Todo lo demás, lo has hecho, pero no has estado “controlándolo” desde el consciente.

Pero el ser humano no siempre ha sido así. Desde que éramos unas sencillas bacterias hasta que desarrollamos la civilización, hemos ido pasando por una serie de estadios que nos han ido abriendo la mente poco a poco.

A lo largo de la evolución, la conciencia ha ido ganando terreno al inconsciente, “bajando” esa barra que separa qué procesos mentales procesa uno y cuales procesa el otro. En la siguiente gráfica podemos ver lo que pasaría si una persona, en la misma situación anterior, no tuviera el consciente tan desarrollado:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

La línea del proceso de la llave, la morada, ha tenido que subir más alto que en el gráfico anterior, ya que el proceso de utilizar la llave es algo que inconscientemente no es capaz de realizar. Esto ha hecho que la mente necesite realizar un “esfuerzo” mayor, para poder salir de la zona sombreada, para poder utilizar la llave. Así mismo, las líneas de la conversación (naranja) y la lectura de noticias (verde), han tenido que subir un poco más también, para poder llegar al consciente, para poder realizar las tareas complejas.

Si este esfuerzo le supone demasiado porque su mente se llena de procesos que tiene que “escalar”, probablemente esta persona decida “prescindir” de algunos procesos mentales. Quizás no pueda hablar y utilizar la llave al mismo tiempo (prescidiendo por ejemplo del proceso naranja) o quizás decida utilizar una cerradura más sencilla.

Probablemente por esto es por lo que podemos enseñar a un chimpancé a realizar tareas o a hablar con lenguaje de signos. Ellos mismos aprenden en su hábitat natural a utilizar herramientas sencillas. Pero no han desarrollado toda una tecnología que les ayude en su día a día porque su consciente ya está saturado con el uso de estas herramientas sencillas. Esto es lo que nos diferencia, nuestro salto evolutivo.

Sin embargo, no seamos ingenuos, este proceso aún no ha terminado en el ser humano. La evolución sigue avanzando, “bajando” el listón para que el consciente siga cada vez aumentando el control sobre lo que hace y deja de hacer. Y, probablemente, esto tenga mucho que ver con los avances sociales, con la percepción de nuestra propia individualidad.

Gráfica de procesos mentales con mucha conciencia

El problema al que se enfrentarían estos “aventajados” de la evolución es que la información que se ven obligados a procesar conscientemente es mucho mayor que lo que tiene que procesar el ser humano medio. Es decir, están “forzando” a su cerebro a trabajar más y más rápido. Controlan mucho mejor sus acciones, toman más decisiones conscientemente y son más conscientes en general de todo lo que sucede a su alrededor. Pero a un coste: el coste de tener que estar más pendiente de todo, porque muchas de las tareas automáticas de las que se encargaba el inconsciente ahora forman parte de la rutina que debe llevar a cabo el consciente.

¿Está preparado para esto nuestro cerebro? ¿Es el consciente capaz de manejar tantos procesos simultáneamente sin volverse loco? ¿Puede ser ésta la causa de enfermedades mentales como la esquizofrenia?

Intentaré contestar a estas preguntas en la próxima entrega, pero de momento dejo un vídeo de una conferencia TED donde J. B. Taylor cuenta su experiencia durante un derrame cerebral y cómo eso afectó a su forma de percibir el mundo a su alrededor, como si hubiese perdido su conciencia:

https://www.youtube.com/watch?v=UyyjU8fzEYU

La burbuja alimentaria

Como ya comentamos anteriormente, ahora que la burbuja inmobiliaria se ha agotado y que el petróleo empieza a escasear, los pesos pesados de las inversiones se están volcando en los alimentos. Si bien para los inmuebles aún podían argumentar que no eran un bien común y que no perjudicaba al día a día de las personas, ¿qué argumento utilizarán para negar alimentos esperando a que suba el precio?

Por supuesto, no todos los alimentos son susceptibles de inversión. Tienen que recurrir a alimentos imperecederos como cereales, por ejemplo. Quizás ese sea su argumento, que aguantemos con los alimentos perecederos mientras ellos acumulan los imperecederos en espera de que en nuestra desesperación les compremos a precios imposibles.

Sadismo y masoquismo

Dice Erich Fromm en su El Miedo a la Libertad que todos somos en cierto modo sádicos y masoquistas, porque esto es lo único que nos ayuda a superar la soledad y el aislamiento que sentimos como personas individuales. Aunque creo que en libros posteriores desdice parte de este razonamiento, me sirve como punto de partida para un análisis sobre esta idea.

Según Fromm, este masoquismo puede manifestarse de múltiples formas: la rendición a un ser superior que te protege o te castiga (dios), la rendición a las convenciones sociales, la rendición al jefe, la rendición al amante,… Incluso llega a sugerir que las relaciones amorosas no son sino un reflejo más de este sadismo, donde el amante (masoquista) se somete al amado (sádico) en un acto de despersonalización.

En principio, la explicación a este fenómeno es bastante lógica y no es necesario leer a Fromm para llegar a la misma conclusión. Cuando el ser humano se siente solo y aislado, busca la forma de conectar con una o más personas, intentando de esta forma disminuir su soledad.

La forma más rápida de conseguir esta evasión de la soledad es unirse a un grupo que, mediante rituales de iniciación y reuniones periódicas, den al individuo la sensación de pertenecer a algo mayor que sí mismo. La pérdida de libertad que supone la unión a este grupo será para el individuo un precio menor a pagar por sentirse menos solo. Es por esto que los fenómenos de sectas y grupos religiosos son tan comunes a más vaya avanzando la sociedad en cuestión de libertades personales.

Porque esta sensación de soledad, como bien nos indica Fromm, no es sino un efecto de que cada vez el ser humano tiene más y más libertad para hacer o pensar lo que quiera. Esta libertad le proporciona individualidad, le da más espacio a su personalidad y le permite desarrollarse de forma única e independiente. Pero al tener más posibilidades, también le aleja del resto de seres humanos, porque cada uno escogerá su propio camino, separándose del resto.

La comparación más recurrente en El Miedo a la Libertad es con la Edad Media, donde un artesano tenía poca libertad para desarrollar su personalidad, pero que, sin embargo, tenía un fuerte sentimiento de pertenencia a su familia, a su pueblo, a su gremio y a su religión. Su vida estaba perfectamente marcada desde el momento de su nacimiento, pero en ningún momento se sentiría solo. Estaría acompañado durante todo el camino. Sus pesares y sus preocupaciones eran comunes a los pesares y preocupaciones de sus allegados.

Hoy en día, con las victorias en relación a los derechos humanos y las libertades individuales, hemos alcanzado un punto en el que la vida de un ser humano es una hoja en blanco en el momento de su nacimiento. Pero resulta cuanto menos curioso observar cómo estos mismos individuos, cuyo destino está sin escribir, se esfuerzan por despersonalizarse hasta el punto de que su mayor aspiración es convertirse en el “ciudadano medio”, sin destacar ni sobresalir por nada que no sea lo previamente pactado (está bien sobresalir por tener un buen sueldo, pero no por tener aficiones “raras”).

El ser humano, la sociedad en general, no está educada para saber manejar esta avalancha de libertades que tiene entre sus manos. La solución no es, sin embargo, limitar estas libertades. La solución está en aprender a usarlas, con responsabilidad pero sin miedo, de forma que los individuos puedan hacer uso de sus libertades sin sufrir el miedo a la soledad y el aislamiento.

Sin embargo, creo que Fromm se equivoca al considerar que todos somos sádicos o masoquistas. No todas las relaciones se basan en la rendición de un masoquista a un sádico. También existen las relaciones en las que, partiendo del conocimiento del mutuo aislamiento y soledad que experimentan los individuos, se puede llegar a un acuerdo de responsabilidad y compromiso donde ambas partes por igual se ayuden para aliviar esta soledad. No hablo sólo de relaciones amorosas, también hablo de relaciones de amistad, vecindad o incluso laborales, dado el caso.

Probablemente Fromm no tuvo en cuenta (al menos en este primer libro) este tipo de relaciones que sin embargo yo veo tan obvias por un hecho muy simple: Nos separan sesenta años de madurez social. Estamos aprendiendo a manejar nuestras libertades.

Aunque, es cierto, siempre  habrá que ceder parte de la libertad (o libre albedrío) para poder pactar relaciones con otros individuos. Al menos de momento.

Descartes, El Discurso del Método, Sexta Parte

“Pero tan pronto como hube adquirido algunas nociones generales sobre física y hube comenzado a experimentarlas en diversas dificultades particulares, observé hasta dónde puede conducir […] Podríamos emplearlos de igual forma en todos los usos que les son propios y así convertirnos como en dueños y poseedores de la naturaleza. cosa deseable no sólo por la invención de una infinidad de artificios, que harían que sin ningún esfuerzo, gozásemos de todos los frutos de la tierra y de todas las comodidades que en ella se encuentran, sino principalmente también por la conservación de la salud que es sin duda el primer bien y el fundamento de todos los demás bienes de esta vida.”

Erich Fromm, El miedo a la libertad, Tercera Parte

“Su actividad económica y su riqueza les proporcionaban un sentimiento de libertad y un sentimiento de individualidad. Pero a la vez esta misma gente había perdido algo: la seguridad y el sentimiento de pertenencia que ofrecía la estructura social medieval. Eran más libres, pero a la vez se hallaban más solos. Usaron de su poder y de su riqueza para exprimir hasta la última gota de los placeres de la vida; pero, al hacerlo, debían emplear despiadadamente todos los medios, desde la tortura física hasta la manipulación psicológica […] Todas las relaciones humanas fueron envenenadas por esta lucha cruel por la vida o por la muerte, para el mantenimiento del poder y la riqueza. La solidaridad con los demás hombres -o, por lo menos, con los miembros de su propia clase – se vio reemplazada por una actitud cínica e indiferente.[…] El individuo se halla absorvido por un egocentrismo apasionado, una voracidad insaciable de poder y riqueza.”

Erich Fromm, hablando sobre el Renacimiento, como bien podría estar hablando de los liberales actuales.

Erich Fromm, El miedo a la libertad, Tercera Parte

“Si el significado de la vida se ha tornado dudoso, si las relaciones con los otros y con uno mismo ya no ofrecen seguridad, entonces la fama es un medio para acallar las propias dudas. Posee una función con respecto a la inmortalidad, comparable a la de las pirámides egipcias, o a la de la fe cristiana; eleva la propia vida individual, por encima de sus limitaciones e inestabilidad, hasta el plano de lo indestructible; si el propio nombre es conocido por los contemporáneos y se abriga la esperanza de que durará por siglos, entonces la propia vida adquiere sentido y significación por el mero hecho de reflejarse enlos juicios de los otros.”

Erich Fromm, hablando sobre el Renacimiento, como bien podría estar hablando de la reacción a internet.

Psicopatía

Psicopatía. Psicópatas. Creo que a todos se nos viene a la mente algún personaje de ficción que encaja en ese perfil. Alguien cruel y despiadado, probablemente con un aura que le hace ser atractivo de alguna forma.

Aunque en sus inicios fue considerada como una enfermedad mental, desde la cuarta edición del DSM (decálogo de la psiquiatría), es clasificado como un trastorno de la personalidad. Es decir, no hay una “cura” como tal, no es una enfermedad que pueda arreglarse. Un psicópata es un psicópata y no hay manera de cambiar eso.

Un psicópata, entre otras muchas características, es alguien que es incapaz de sentir. No es capaz de empatizar ni de emocionarse. No conecta con nadie. Internamente es alguien solitario e independiente, con una vida perfectamente planificada y ordenada. Nunca dará un paso sin haberlo meditado previamente, no tendrá cabida la improvisación, porque improvisar es un acto muy relacionado con las emociones. Si hace daño a alguien por el camino, no sentirá remordimientos.

Al no poder sentir, su concepción del bien y del mal se vuelve ambigua. Si respeta las leyes no es porque crea que son buenas para él o para los demás, sino porque no quiere acabar en la cárcel. Si se integra en la sociedad no es porque quiera interaccionar con la gente, sino porque la sociedad le proporciona algo (sea seguridad, bienestar,oportunidades,…) que de otra forma no podría obtener. El mundo se convierte en un tablero donde todos son vulnerables menos él. Al no tener sentimientos, el psicópata puede manipular a su antojo a esos pobres sentimentales que le rodean, que acabarán trabajando para sus fines egoistas. Es un error muy común identificar a un psicópata con alguien torpe y asocial. Pero esto no es así en absoluto. Un psicópata entiende las emociones y los sentimientos, hasta el punto de ser perfectamente capaz de simularlos en la vida real, como si realmente los sintiese. Al ojo inexperto, podría hasta resultar alguien excesivamente emocional.

Por poner un ejemplo que todos podamos conocer sin ofender a nadie, personalmente identificaría a un psicópata con Sheldon o con Dexter. Por supuesto, son personajes de ficción que no se ajustan al perfil exacto de un psicópata, pero pueden servir para dar una aproximación de lo que podría ser. Dexter se muestra confuso y torpe en las relaciones sociales, aunque aprende detalles como llevar donuts por las mañanas para ganarse la simpatía de sus compañeros de trabajo. Por su parte, Sheldon analiza y comprende perfectamente las relaciones humanas, sin llegar realmente a experimentarlas. Un psicópata real sería una mezcla de ambos, con el poder de análisis de Sheldon y la capacidad de actuación de Dexter.

El 1% de la población es psicópata. Es decir, probablemente a lo largo de tu vida llegues a mantener una relación cercana con uno o dos de ellos. Probablemente conoces a más de uno. No suelen esconderse, están a la vista, pavoneándose delante tuya, deseando que les prestes tu atención. Así que sí, vas a encontrarte con más de uno. Vas a tenerlo como amigo, vas a ir a emborracharte con él y puede que hasta seas testigo en su boda. Quizás en algún momento te pares a examinarlo porque haga algún gesto de más (o de menos) que te descoloque y no te encaje en su comportamiento. Algo que y yo no habríamos hecho en su lugar. Pero todo el mundo tiene salidas extrañas, ¿verdad? ¿Cómo puede ser un psicópata? El psicópata serías tú, por ser tan cruel de pensar algo así.

Pero el psicópata no será tu amigo porque se sienta a gusto contigo. El psicópata siempre tiene algo en mente. Quizás esté buscando algún contacto que tengas a mano. Quizás es porque te considera un objeto de estudio y a imitar. O quizás sólo te esté manipulando para dar apariencia sociable. Pero siempre tendrá algún motivo personal y egoísta para relacionarse contigo. Si no le salieras rentable, no estaría a tu lado. Y mientras su manipulación no te esté afectando negativamente ¿te importaría?

Para los fans de Punset, tiene un programa de Redes bastante divulgativo sobre el tema:

Para terminar voy a mencionar un trastorno que se suele confundir con la psicopatía: la alexitimia. Este trastorno es sorprendentemente frecuente (una de cada siete personas) e impide a la persona distinguir y entender sus propios sentimientos. No significa que no tenga sentimientos como en el caso del psicópata, simplemente que no los comprende, no es capaz de saber lo que siente.

Ley de Malthus

A día de hoy, con más de seis mil millones de habitantes, la raza humana sigue su crecimiento sin freno y se prevee que alcancemos los siete mil millones a lo largo de 2011. La Tierra nunca ha estado tan poblada de seres humanos, ni se le ha exigido tanta producción de alimentos.

Curva de la población mundial

Thomas Malthus (aka El Gran Pesimista) fue un sacerdote economista que publicó en 1798 un ensayo sobre el crecimiento mundial que a día de hoy sigue siendo base para algunas teorías demográficas. Este ensayo aparece en plena Ilustración, en la misma época que Adam Smith terminaba de delinear lo que sería el capitalismo. Su estudio se basa en un análisis del crecimiento de la población (geométrica) frente al crecimiento de la producción de los alimentos (aritmética). De forma bastante lógica concluyó que, si el crecimiento de la población era considerablemente mayor que el crecimiento de la producción de alimentos, llegaría un momento en el que no hubiese suficientes alimentos para toda la población mundial (afectando incluso a países del primer mundo), provocando hambruna, crisis y guerras.

Aunque Malthus predijo que la catástrofe llegaría en 1880, no tuvo en cuenta en sus cálculos el avance de la tecnología, que permitió, mediante la industrialización, aumentar la producción de alimentos más rápidamente, de forma parecida a como funciona la Ley de Moore en la tecnología. Pero aún cuando la revolución industrial permitió retrasar la fecha límite, sus consideraciones básicas siguen siendo válidas: si la población mundial sigue creciendo a este ritmo, nada podrá impedir que en unas pocas generaciones acabemos pasando hambre.

Aunque sus teorías se podrían tachar, con razón, de catastrofistas, es de destacar que economistas de todo el espectro lo han utilizado para desarrollar sus teorías (desde Marx, que lo tachaba de enemigo del pueblo por sus medidas contra la natalidad, a Keynes).

¿Cómo podríamos impedir este fatal desenlace?


Tasa de Fertilidad por Países

Cualquier medida que podamos tomar para acelerar la producción de alimentos será sólo un parche para retrasar lo inevitable. El crecimiento mundial seguirá siendo mucho más potente que el crecimiento de alimentos.

Como buen sacerdote, Malthus propuso frenar la natalidad con fidelidad, castidad antes del matrimonio y matrimonios tardíos.

En algunos países se han intentado llevar a cabo políticas de control de la natalidad que, aunque muy efectivas, son un claro menoscabo a los derechos fundamentales del ser humano. No deberían ser la solución final a este problema.

Sin embargo, quizás la solución más sencilla pase por aumentar el alfabetismo de la población. Existen estudios que relacionan una mayor inteligencia con una menor natalidad. El problema está, claro, en que esta medida ni es instantánea como puede ser una ley anti-natalidad, ni suele ser del gusto de los gobiernos, que prefieren mantener a su rebaño inculto.

Acompañando a los malthusianos, tenemos a quienes ya preveen que el fin de la prosperidad está cerca, y se están armando para tener la mejor posición en la próxima gran guerra. Es lo que en algunos medios ya se denomina como la burbuja alimentaria, debido a su triste similitud con la burbuja inmobiliaria. Si son ciertos estos movimientos, la crisis malthusiana podría encontrarse más cerca de lo que nos tememos, debido a una escasez artificial de la producción de alimentos.

¿Seremos capaces de evitar la catástrofe?

Libre albedrío

En un artículo anterior hablabamos de la libertad inherente al ser humano. Hoy vamos a poner en duda dicha libertad, llegando probablemente a una de las mayores preguntas sin respuesta del ser humano: ¿existe el libre albedrío? Habíamos llegado a la conclusión de que el ser humano es libre por naturaleza, que las únicas leyes que no puede realmente saltarse son las Leyes de la Física.

Conocemos las Leyes de la Física: Sueltas una piedra y cae al suelo con aceleración g. Dos gases en una misma habitación acaban completamente mezclados. Un electrón tiene carga negativa. Un protón tiene carga positiva. Un neutrón no tiene carga. La energía y la masa son intercambiables.

La física nos indica cómo interaccionan unos objetos con otros. Si conocemos todas las variables, podemos predecir cómo se comportarán. Cuando tiramos un dado, conociendo su velocidad y eje de giro, su posición, la distancia hasta el suelo, el rozamiento del aire, la elasticidad del choque entre el dado y la superficie donde va a aterrizar,… podemos predecir exactamente cual será el resultado de la tirada. El azar no existe realmente.

Nuestro cerebro está formado por neuronas, las cuales responden a unos estímulos (ya sea de otras neuronas o de estímulos externos que nos llegan a través de los sentidos). Al fin y al cabo, nuestras neuronas siguen comportándose como ese dado que da vueltas hasta caer. Podríamos calcular (con un ordenador lo bastante potente y con las mediciones adecuadas) cuando, cuanto y cómo se activará una neurona en un cerebro humano. Ampliando esta idea, podríamos llegar a simular un cerebro entero… de forma que podríamos reproducir exactamente los mismos pensamientos e ideas que el cerebro original que estamos copiando. Tendríamos dos cerebros iguales comportándose exactamente igual. Podríamos predecir tus pensamientos. Incluso si en ese momento decidieras pensar en todo lo contrario para evitar esta intrusión, tu cerebro copia haría exactamente lo mismo.

Así mismo, podríamos intentar hacer una simulación por computador que calculase el futuro usando la física. Pero para poder hacer una simulación realista, necesitaríamos tener en cuenta todas las variables posibles, para no cometer ningún error. Tendríamos que tener en cuenta hasta el átomo más pequeño del universo. Pero nuestro computador tendría también que estar hecho de materia, utilizando los mismos átomos que va a estudiar para poder calcular su siguiente estado. Y si utilizamos todos los átomos del universo para dicha simulación, ¿no es nuestro universo ya esa misma simulación en tiempo real?

Quizás nuestra salvación sea la cuántica. Esa misteriosa corriente científica que nos deja algo de indeterminismo en las interacciones. Pero, ¿es realmente indeterminista o sólo es que no la entendemos? ¿Puede ser que no sea indeterminismo, sino que no hemos encontrado todavía la fórmula correcta?

Por tanto, es muy posible que la pregunta de si existe el libre albedrío no sea la que nos interese, ya que no puede proporcionarnos respuestas. Nos interesaría más saber algo cómo ¿nos importa si existe el libre albedrío, si desde nuestra percepción no podemos calcular el futuro? ¿Podría alguien alegar en un juicio que cometió un asesinato porque no tenía otra opción?