¿Elegir o no elegir? Esa es la cuestión

Para caldear el ambiente, os enlazo un vídeo de Barry Schwartz en una de esas charlas TED de bajo nivel, donde nos explica por qué el tener muchas opciones no nos hace necesariamente más felices:

En resumen: Poder elegir nos hace felices, pero si el número de opciones a elegir es demasiado alto, la elección nos trae más insatisfacción que felicidad. 

Cuando no tenemos más que una alternativa, no nos paramos a considerar si es buena o mala, simplemente la seguimos. En todo momento sabremos sus pros y sus contras, y aunque sus problemas nos afecten, al ser inevitables, estaremos en cierta forma más preparados para ellos. En cambio, cuando esa no-elección nos dé felicidad, podremos aprovecharla enteramente, sabiendo además que ha venido de forma espontánea y que debemos aprovecharla porque no sabemos cuanto nos durará.

Cuando tenemos pocas opciones (por ejemplo en una pequeña tienda de alimentación donde sólo hay dos marcas, la cara y la blanca), nos sentiremos más realizados y felices al poder elegir que en la situación anterior. Al ser pocas opciones, son fácilmente comparables y nuestro nivel de satisfacción con la opción escogida será grande.

Sin embargo, cuando tenemos muchas opciones, suele ocurrir que nos paralizamos ante la duda. Hay tanto donde elegir que no podemos hacer una comparativa correcta. Cualquiera de esas opciones tiene sus ventajas y sus inconvenientes, nos cuesta muchísimo decidir y nuestra decisión no será tan rotunda como la anterior, nos iremos con una sensación de incertidumbre en vez de satisfacción. Además, cualquier mínimo problema que resulte de nuestra elección lo achacaremos inmediatamente a nuestra mala capacidad de elegir y nos quedaremos siempre con la duda de “¿y si… (hubiera escogido la otra opción)?”

Así que, con tantas opciones, nos empeñamos en buscar una perfección que no existe. Y no sólo no existe, sino que nos defraudará y nos hará sentirnos peor que si no hubiéramos elegido. Porque al tener que escoger entre tantas alternativas diferentes, la culpa de todo lo que pase a raíz de esa elección, es enteramente nuestra.

Nos invade un miedo a la libertad de elección que nos paraliza y bloquea nuestra felicidad. Si a un niño le dices que puede ser lo que quiera de mayor, luchará por sus sueños e intentará ser aquello que siempre quiso ser. Pero procura no recordárselo de mayor, porque cuando descubra todo lo que no ha podido ser, se sentirá triste y defraudado.

Pero este problema abarca muchos ámbitos, no sólo a nivel personal del día a día. Por ejemplo, existe toda una corriente de economía que aboga por disminuir el control estatal al mínimo para dar el mayor número de opciones posibles (y libertad) al individuo (y a la empresa) de forma que cada uno se construya su propio destino.

Esta idea, en sí misma, no es mala. Prueba de ello es que es muy posible que se convierta en la tendencia económica que nos dominará en los próximos años, con gran cantidad de teóricos y seguidores.

Sin embargo, darle al individuo la capacidad de decisión y la responsabilidad total sobre su futuro puede conllevar tal cantidad de variables que escapan a su control, que probablemente dicho individuo no sepa cómo elegir correctamente. Volvemos a tropezarnos con una nueva forma de miedo a la libertad.

Podríamos pensar que la sociedad está enteramente madura y que eliminar la Sanidad Pública o el Sistema de Pensiones para sustituirlos por sistemas financiados de forma voluntaria y privada podría ser viable. De esta forma, cada uno tendría la libertad de elegir si quiere invertir su dinero para cobrar una pensión posteriormente o si prefiere simplemente ahorrar. Pero ¿estamos realmente maduros para aceptar esta responsabilidad?

Personalmente tengo que confesar que no lo creo. No voy a caer en el ejemplo fácil del sistema sanitario estadounidense, porque puede achacarse a muchas razones (de hecho los neoliberales argumentan que parte del problema es que aún no hay libertad total). Me voy a ir a un ejemplo más cercano: la burbuja inmobiliaria. Por muy inhumano y cruel que suene, todas esas personas que firmaron una hipoteca que ahora no pueden pagar fueron unos irresponsables. De todos ellos, la gran mayoría son culpables de su propia desgracia. No supieron (o no quisieron saber) de las consecuencias de sus acciones. No fueron capaces de elegir correctamente de entre todas las opciones que se les presentaban. Si dejamos el control estatal al mínimo, ¿qué pasará entonces cuando llegue la burbuja alimentaria?

Libre albedrío

En un artículo anterior hablabamos de la libertad inherente al ser humano. Hoy vamos a poner en duda dicha libertad, llegando probablemente a una de las mayores preguntas sin respuesta del ser humano: ¿existe el libre albedrío? Habíamos llegado a la conclusión de que el ser humano es libre por naturaleza, que las únicas leyes que no puede realmente saltarse son las Leyes de la Física.

Conocemos las Leyes de la Física: Sueltas una piedra y cae al suelo con aceleración g. Dos gases en una misma habitación acaban completamente mezclados. Un electrón tiene carga negativa. Un protón tiene carga positiva. Un neutrón no tiene carga. La energía y la masa son intercambiables.

La física nos indica cómo interaccionan unos objetos con otros. Si conocemos todas las variables, podemos predecir cómo se comportarán. Cuando tiramos un dado, conociendo su velocidad y eje de giro, su posición, la distancia hasta el suelo, el rozamiento del aire, la elasticidad del choque entre el dado y la superficie donde va a aterrizar,… podemos predecir exactamente cual será el resultado de la tirada. El azar no existe realmente.

Nuestro cerebro está formado por neuronas, las cuales responden a unos estímulos (ya sea de otras neuronas o de estímulos externos que nos llegan a través de los sentidos). Al fin y al cabo, nuestras neuronas siguen comportándose como ese dado que da vueltas hasta caer. Podríamos calcular (con un ordenador lo bastante potente y con las mediciones adecuadas) cuando, cuanto y cómo se activará una neurona en un cerebro humano. Ampliando esta idea, podríamos llegar a simular un cerebro entero… de forma que podríamos reproducir exactamente los mismos pensamientos e ideas que el cerebro original que estamos copiando. Tendríamos dos cerebros iguales comportándose exactamente igual. Podríamos predecir tus pensamientos. Incluso si en ese momento decidieras pensar en todo lo contrario para evitar esta intrusión, tu cerebro copia haría exactamente lo mismo.

Así mismo, podríamos intentar hacer una simulación por computador que calculase el futuro usando la física. Pero para poder hacer una simulación realista, necesitaríamos tener en cuenta todas las variables posibles, para no cometer ningún error. Tendríamos que tener en cuenta hasta el átomo más pequeño del universo. Pero nuestro computador tendría también que estar hecho de materia, utilizando los mismos átomos que va a estudiar para poder calcular su siguiente estado. Y si utilizamos todos los átomos del universo para dicha simulación, ¿no es nuestro universo ya esa misma simulación en tiempo real?

Quizás nuestra salvación sea la cuántica. Esa misteriosa corriente científica que nos deja algo de indeterminismo en las interacciones. Pero, ¿es realmente indeterminista o sólo es que no la entendemos? ¿Puede ser que no sea indeterminismo, sino que no hemos encontrado todavía la fórmula correcta?

Por tanto, es muy posible que la pregunta de si existe el libre albedrío no sea la que nos interese, ya que no puede proporcionarnos respuestas. Nos interesaría más saber algo cómo ¿nos importa si existe el libre albedrío, si desde nuestra percepción no podemos calcular el futuro? ¿Podría alguien alegar en un juicio que cometió un asesinato porque no tenía otra opción?