España no es país para emprendedores

Hace tiempo que llevo dándole vueltas a la idea de montar una empresa. No aspiro a tener una megacorporación que me permita retirarme a un castillo con grifos de oro de donde sale vino, ni tampoco me sentiría cómoda dejando mi empresa en manos de especuladores después de pegar un pelotazo. Mis aspiraciones son más sencillas: me gustaría poder dedicarme a lo que me gusta, haciendo las cosas a mi manera, mientras trabajo codo con codo con una modesta plantilla a la que pueda homenajear cada fin de año con un reparto de beneficios generoso.

Después de hacer estudios de mercado, de preparar un producto para vender y de comprobar que existe una demanda de mi producto, me pongo manos a la obra. Me documento y hago cuentas. Después de hablar con amigos autónomos y empresarios y preguntar en alguna incubadora de empresas, me quedan claras tres cosas:

  1. De media, un empresario fracasa tres veces antes de triunfar con su negocio.
  2. Desde el primer día debes asumir los costes del primer año como pérdidas. Es la forma de sobrevivir el tiempo suficiente para que pueda ser rentable. Este tiempo puede variar según el tipo de negocio, pero es un punto de partida desde el que calcular tus previsiones.
  3. No pidas un crédito para abrir tu negocio, tu empresa estará endeudada desde antes de empezar y eso es sinónimo de fracaso.

El tercer punto me costó algo comprenderlo, ya que vivimos en una sociedad basada en el crédito, pero es bien sencillo: Si mi empresa fracasa, quiero poder dar carpetazo sin arrastrar deudas. Si mi empresa fracasa en los primeros meses, quiero poder montar una segunda empresa aprendiendo de los errores de la primera, sin tener que añadir a los gastos de este segundo intento la deuda del primer intento. Los créditos sólo sirven para cuando la empresa ya es estable y necesita un empujón de inversión o una mano para superar un bache.

Con estos tres puntos sobre la mesa me puse a hacer cuentas. Asumí que mi empresa sería virtual, de forma que no necesitaría correr con gastos de una oficina o una tienda física. Sólo necesitaría un servidor online sobre el que poner mi producto y enseguida empezaría a fluir el dinero. Eso debería simplificar gastos también de luz, limpieza y otras cosas mundanas.

Con un optimismo inicial, empiezo por hacer una lista de gastos que voy a tener que pagar durante el primer año. Estos son los gastos que tengo que asumir como pérdida, así que tienen que salir de mi bolsillo sin tener que pedir créditos. Tienen que salir de mis ahorros.

Lo primero de todo es establecerme un sueldo. No exactamente una nómina, pero necesitaría un dinero reservado para pagar alquiler, comida, agua y luz mientras mi empresa despega. Soy una persona ahorradora y voy a hacer un gran esfuerzo para que mi empresa salga adelante, así que pongamos unos 400€ mensuales para vivir en un piso compartido de una ciudad pequeñita. Puedo pasar sin ocio durante los primeros meses hasta que empiece a fluir el dinero, lo que tengo que hacer es centrarme en mi empresa.

Bien, hemos dicho que el único gasto que tendrá mi empresa será un servidor online. Puedo empezar con uno pequeñito, ya lo ampliaré cuando mi cartera de clientes aumente. Así que busco una oferta de 200€ anuales. Genial.

Mi empresa será virtual, pero debería guardar algo de dinero para invertir en visitar posibles clientes en persona o asistir a eventos donde me pueda dar publicidad. Pongamos otros 200€. No es mucho, pero la mayor parte de mi publicidad será online y como la haré yo misma, no necesito invertir dinero, sólo tiempo.

Veamos cuantos gastos tengo para el primer año de mi empresa: 400 x 12 + 200 + 200 = 5800€ No está mal, puedo asumirlo.

Así que me dirijo a mi burócrata más cercano a hacer oficial mi empresa. Allí me indican que me faltan algunos trámites.

Para empezar, si quiero ser empresaria tengo que ser autónoma. 264,44€ más al mes. No importa, me aprieto el cinturón y lo añado a la cuenta. También me obligan a poner una cantidad de dinero a la hora de montar mi empresa, que puedo utilizar justo después. Como tengo el dinero en mano, no me importa: el día después de montar la empresa puedo empezar a gastarlo.

Aquí el burócrata para y me ve cara de novata, así que me advierte: deberías contratar una gestoría que te lleve el papeleo. Pero yo soy terca y estoy decidida a llevar yo misma toda la administración, así tenga que pasarme las noches en vela estudiando leyes. El burócrata insiste, ya que desde enero de 2015, el IVA aplicable a las ventas va en función del país del comprador, no del vendedor y eso me obliga a conocer las leyes de cada país donde quiera vender. Aún así, me mantengo en mis trece. (Nota: esta decisión es por simplificar cálculos, pero no es en absoluto recomendable.)

El burócrata me advierte de un último punto: voy a tener que adelantar el IVA en la mayoría de mis ventas. En España tenemos la costumbre de pagar a 30, 60, 90 o incluso 180 días vista, lo que significa que pueden pasar meses antes de que reciba el dinero de mis ventas. Pero eso a Hacienda no le importa, ya que trimestralmente me va a pedir que le pague el IVA de las facturas expedidas.

Cojo aire y vuelvo a hacer el cálculo. ¿Cuánto IVA voy a tener que adelantar? ¿Cuánto necesito vender para que mi empresa sea rentable?

Empecemos por mi salario. Ya que ser emprendedor significa trabajar mucho y duro, estoy montando una empresa para poder tener un sueldo digno. Si quiero tener un sueldo de unos 1.000€, eso son 12.000€ brutos en total. Si le sumamos los gastos que paga la empresa además del bruto, eso serían unos 18.000€. De cuota de autónomo necesito 265 x 12 = 3.180€.

A lo que gane la empresa tengo que descontar los impuestos, que redondeando podemos considerar que sean un 20% del total ganado (Nota: van a ser más, estoy simplificando). Redondeando por arriba para dejar margen para imprevistos ya nos estamos colocando en los 30.000€ de facturación mínimo para sobrevivir.

En resumen, hemos dicho que para que mi empresa sea rentable, debería recaudar al año como mínimo unos 30.000€. O sea, unos 7.500€ al trimestre. Con un 21% de IVA, eso son 1.575€ más que debo adelantar cada trimestre. Y debería tener preparados al menos dos trimestres, ya que puedo tardar meses en cobrar el pago.

Recapitulemos:

  • 5.800€ de gastos básicos (salario, servidor y publicidad)
  • 3.180€ de cuota de autónomo
  • 1575 x  2 = 3.150 € de IVA adelantado por dos trimestres

En total, más de 12.000€ sólo para mantener mi empresa a flote el primer año sobreviviendo con 400€ mensuales. Si todo sale bien. Y sin pedir créditos. Y sin casi gastos de inversión (sólo los 200€ del servidor y otros 200€ para publicitarme, que es poco realista).

Seamos serios, ¿quién tiene tanto dinero ahorrado hoy en día y se puede permitir gastarlo para montar una empresa? Sobre todo, teniendo en cuenta que de media, las tres primeras empresas fracasan. Eso significa que habrá quien triunfe a la primera y a la segunda, incluso a la tercera. Pero también habrá gente que va por el quinto o el sexto intento y sólo entonces lo consigue.

¿Quién, a día de hoy, se puede permitir gastar cerca de 48.000€ de media (cuatro intentos) en poder montar una empresa?

Lo más triste es que los resultados no son ni siquiera extrapolables a otros países europeos. Porque ellos ya saben que los primeros años son los más duros y por eso reducen la cuota de autónomo o incluso la eliminan hasta que la empresa es viable. Por eso ellos simplifican o eliminan el pago del IVA a las pequeñas empresas.

Por eso sé que a este gobierno no le interesa la recuperación económica. Porque pone trabas hasta para el más emprendedor.

Karma

Ni en lo más profundo del océano, ni en la cumbre de la montaña más alta, podrá refugiarse alguien donde escaparse de las consecuencias de sus malas acciones.
Buda

Justicia Ciega

¿Qué es el Karma?

El karma como concepto es muy sencillo: si haces el bien, recibirás el bien. Si haces el mal, recibirás el mal. Las personas buenas son recompensadas. A las personas malas les pasarán cosas malas.

El karma suele estar muy asociado al budismo, ya que sus primeras menciones están muy relacionadas con las religiones dhármicas. Sin embargo, este concepto ha sido muy bien absorbido por casi todas las culturas (como en el Cuento de Navidad de Dickens) y religiones, ya sea como una fuerza natural imparable o como un dios vengador que ejercerá una justicia divina.

Desde un punto de vista psicológico, tiene sentido. De forma general cuando una persona necesita ayuda de otra, es mucho más fácil recibir esta ayuda si previamente ha realizado buenas acciones. Todo el mundo es más propenso a ayudar a alguien que “se lo merece” antes que a alguien que “no se lo merece”.

Esto las religiones lo conocen desde hace mucho. Desde las religiones más antiguas, se sabía ya que eran necesarias ciertas pautas de comportamiento para mantener la paz social. Por ejemplo, con la aparición del judaísmo, estas normas se hacen mucho más explícitas con las tablas de Moisés. Sin embargo, es en la evolución al cristianismo donde incide aún más en estas normas sociales, eliminando el ojo por ojo por unas normas más laxas basadas en el perdón absoluto.

Por tanto, desde un punto de vista estadístico, parece bastante lógico que podría modelarse el karma como una función probabilística donde el número de acciones buenas y malas sobre otras personas influyen en el karma que estas personas reciben de otras. En el fondo, esto no es nada nuevo, no es más que una variante de lo que se conoce como ingeniería social.

¿Existe entonces el karma? ¿Tenía Buda razón?

Cuando mal obres no pienses “esto no traerá consecuencias para mi”, las pequeñas acciones malas se van acumulando y, cuando se desbordan, te ocurrirá una gran catástrofe.
Cuando obres bien no pienses “esto no traerá consecuencias para mi”, las pequeñas acciones buenas se van acumulando y, cuando se desbordan, te sobrevendrá una gran dicha.
Buda

Descartes, El Discurso del Método, Sexta Parte

“Y hace tres años, cuando había llegado al final del tratado que contiene todas estas cosas y comenzaba a revisarlo a fin de ponerlo entre las manos de un impresor, supe que personas a las que respeto […] habían desaprobado una opinión de física, publicada poco antes por otro, de la que no quiero decir que yo participara, pero en la cual antes de ser censurada no había observado yo nada que pudiera imaginar perjudicial para la religión ni para el Estado, ni, por consiguiente, que me hubiera impedido escribirla si la razón me hubiera convencido de ella; y esto me hizo temer que, de igual modo, podía encontrarse entre las mías algunas en la que me hubiera equivocado pese al gran cuidado que siempre he tenido.”

Sobre Galileo y la religión censora.

Indemostrable no es equivalente a verdad absoluta

Supongo que mis lectores ya conocerán esta clásica cita de Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios:

“En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca.”
Supongamos que yo le hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor le gustaría comprobarlo, verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!
– Enséñemelo –me dice usted.
Yo le llevo a mi garaje. Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.
– ¿Dónde está el dragón? –me pregunta.
– Oh, está aquí –contesto yo moviendo la mano vagamente-. Me olvidé de decir que es un dragón invisible.
Me propone que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.
– Buena idea –replico-, pero este dragón flota en el aire.
Entonces propone usar un detector infrarrojo para detectar el fuego invisible.
– Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.
Se puede pintar con aerosol el dragón para hacerlo visible.
– Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.
Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que usted me propone con una explicación especial de por qué no funcionará.

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente?. Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento concebible válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe?. Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluto a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspirarnos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo le he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Aunque de siempre se han utilizado analogías de este estilo, la natural pedagogía de Carl Sagan sin duda supera al resto de ejemplos:

En la tetera de Russell (1952), se utiliza una tetera espacial que gira alrededor del Sol, justo en el lado contrario de la Tierra. De esta forma nunca nos la hemos cruzado ni hemos tenido forma de verla (habría que enviar una sonda espacial a fotografiarla para demostrarlo). Por muy absurdo que sea, ¿puedes demostrarme, aquí y ahora, que no existe?

URI/UPI

Más moderno y de la mano del Monstruo Espaguetti Volador también nos encontramos al Unicornio Rosa Invisible. Este unicornio, al igual que el dragón en el garaje, es indetectable. Pero real, claro.

Aunque ampliamente utilizados en las discusiones acerca de la religión, el agnosticismo y el ateísmo, creo que la importancia de estos conceptos es aún mayor en las discusiones frente a qué es la ciencia y qué es pseudociencia.

Tener una buena base de este tipo de razonamientos rápidos nos pueden ayudar en muchas situaciones donde alguna de las partes se niega a razonar, donde razonar no significa necesariamente que esté de acuerdo con nuestras ideas, obviamente.

Os dejo también este esquema preparado por RinzeWind (original de Atheismresource.com) para detectar debates vacíos y pre-fabricados y ahorrarnos un valiosísimo tiempo.

Tu yo oculto

Somos bastante más de lo que creemos.

Voy a comenzar una serie de entradas abordando un tema que cada día va adquiriendo más popularidad: la dicotomía entre consciente e inconsciente.

En esta primera entrada sentaremos las bases de qué es el consciente y qué es el inconsciente. Intentaré centrarme en resultados científicos, dejando de lado hipótesis filosóficas. Pero este no es un proceso sencillo, ya que la ciencia está en pañales respecto a este tema.

Nuestra mente se compone de dos partes: el consciente y el insconsciente. El consciente es al que llamas “yo”, el que está leyendo este texto y comprendiendo lo que pone. El inconsciente, en cambio, es como el ayudante que vigila al consciente y le va preparando el camino para que el consciente pueda trabajar.

Aunque suene redundante, el inconsciente se encarga de todos esos detalles de los que no eres consciente. Se encarga de reconocer una cara, de reaccionar ante un estímulo, de reconstruir una escena de un simple vistazo,… Se encarga de todas esas tareas necesarias pero automáticas, mecánicas.

Realizamos un experimento con un escáner cerebral en el que las personas debían tomar decisiones muy sencillas. Podían decidir si pulsaban un botón a la izquierda u otro a la derecha. En este caso, sientes que eres totalmente libre de elegir de hacer una cosa u otra, no hay nada que te obligue a elegir una opción o la otra. Registramos la actividad cerebral de las personas y descubrimos que podíamos predecir su decisión, si iban a pulsar el botón de la izquierda o de la derecha, siete segundos antes de que la hubieran tomado. Es decir, no siete segundos antes de que pulsaran el botón, sino siete segundos antes, incluso de que pensaran que habían decidido cuál iban a escoger.

Más información de este experimento aquí

Es decir, que el inconsciente no sólo realiza las tareas sencillas “complementarias” al consciente, sino que parece que va guiando al consciente en todo momento acerca de lo que debe o no debe hacer.

Veamos el funcionamiento del cerebro de una forma más gráfica. Una forma sencilla de explicarlo sería representar a lo largo del tiempo a los procesos mentales con una línea de forma que, a mayor valor, más cerca están de la consciencia porque necesitan de decisiones más complejas, menos automáticas. En la gráfica separaremos cuando un proceso mental es inconsciente mediante el sombreado. Si un proceso “pasa” a ser consciente, sale del área sombreada:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

 

En este caso, un proceso sencillo, como el azul o el rojo, podrían ser procesos mentales como caminar o rascarte un brazo. Tu cerebro tiene el control, pero tú no vas conscientemente pensando paso a paso cómo mover y apoyar el pie.

El proceso morado sigue siendo inconsciente, pero en un momento dado necesita que la consciencia tome una decisión rápida. Por ejemplo podría representar el hecho de abrir una puerta, donde la consciencia interviene un momento para hacer uso de la llave. Esto es, basándonos en la suposición de que utilizar la llave no es algo “automático” ni trivial.

En cambio, los procesos naranja y verde tienen gran parte de consciencia. Pero cabe destacar que estos procesos nunca empiezan fuera del sombreado. Antes de que el consciente empiece a trabajar, el inconsciente “prepara” el terreno, sentando las bases de lo que el consciente va a hacer.

Por ejemplo, el proceso verde podría ser abrir el navegador para leer las noticias. El insconsciente se ha encargado de casi todo el proceso: dirigirte al ordenador, sentarte en la silla, encenderlo, colocar tus manos sobre el ratón y el teclado, etc… Sólo cuando la mente necesita de tu atención, por ejemplo para leer la noticia, es cuando se activa el consciente. Todo lo demás, lo has hecho, pero no has estado “controlándolo” desde el consciente.

Pero el ser humano no siempre ha sido así. Desde que éramos unas sencillas bacterias hasta que desarrollamos la civilización, hemos ido pasando por una serie de estadios que nos han ido abriendo la mente poco a poco.

A lo largo de la evolución, la conciencia ha ido ganando terreno al inconsciente, “bajando” esa barra que separa qué procesos mentales procesa uno y cuales procesa el otro. En la siguiente gráfica podemos ver lo que pasaría si una persona, en la misma situación anterior, no tuviera el consciente tan desarrollado:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

La línea del proceso de la llave, la morada, ha tenido que subir más alto que en el gráfico anterior, ya que el proceso de utilizar la llave es algo que inconscientemente no es capaz de realizar. Esto ha hecho que la mente necesite realizar un “esfuerzo” mayor, para poder salir de la zona sombreada, para poder utilizar la llave. Así mismo, las líneas de la conversación (naranja) y la lectura de noticias (verde), han tenido que subir un poco más también, para poder llegar al consciente, para poder realizar las tareas complejas.

Si este esfuerzo le supone demasiado porque su mente se llena de procesos que tiene que “escalar”, probablemente esta persona decida “prescindir” de algunos procesos mentales. Quizás no pueda hablar y utilizar la llave al mismo tiempo (prescidiendo por ejemplo del proceso naranja) o quizás decida utilizar una cerradura más sencilla.

Probablemente por esto es por lo que podemos enseñar a un chimpancé a realizar tareas o a hablar con lenguaje de signos. Ellos mismos aprenden en su hábitat natural a utilizar herramientas sencillas. Pero no han desarrollado toda una tecnología que les ayude en su día a día porque su consciente ya está saturado con el uso de estas herramientas sencillas. Esto es lo que nos diferencia, nuestro salto evolutivo.

Sin embargo, no seamos ingenuos, este proceso aún no ha terminado en el ser humano. La evolución sigue avanzando, “bajando” el listón para que el consciente siga cada vez aumentando el control sobre lo que hace y deja de hacer. Y, probablemente, esto tenga mucho que ver con los avances sociales, con la percepción de nuestra propia individualidad.

Gráfica de procesos mentales con mucha conciencia

El problema al que se enfrentarían estos “aventajados” de la evolución es que la información que se ven obligados a procesar conscientemente es mucho mayor que lo que tiene que procesar el ser humano medio. Es decir, están “forzando” a su cerebro a trabajar más y más rápido. Controlan mucho mejor sus acciones, toman más decisiones conscientemente y son más conscientes en general de todo lo que sucede a su alrededor. Pero a un coste: el coste de tener que estar más pendiente de todo, porque muchas de las tareas automáticas de las que se encargaba el inconsciente ahora forman parte de la rutina que debe llevar a cabo el consciente.

¿Está preparado para esto nuestro cerebro? ¿Es el consciente capaz de manejar tantos procesos simultáneamente sin volverse loco? ¿Puede ser ésta la causa de enfermedades mentales como la esquizofrenia?

Intentaré contestar a estas preguntas en la próxima entrega, pero de momento dejo un vídeo de una conferencia TED donde J. B. Taylor cuenta su experiencia durante un derrame cerebral y cómo eso afectó a su forma de percibir el mundo a su alrededor, como si hubiese perdido su conciencia:

https://www.youtube.com/watch?v=UyyjU8fzEYU

La burbuja alimentaria

Como ya comentamos anteriormente, ahora que la burbuja inmobiliaria se ha agotado y que el petróleo empieza a escasear, los pesos pesados de las inversiones se están volcando en los alimentos. Si bien para los inmuebles aún podían argumentar que no eran un bien común y que no perjudicaba al día a día de las personas, ¿qué argumento utilizarán para negar alimentos esperando a que suba el precio?

Por supuesto, no todos los alimentos son susceptibles de inversión. Tienen que recurrir a alimentos imperecederos como cereales, por ejemplo. Quizás ese sea su argumento, que aguantemos con los alimentos perecederos mientras ellos acumulan los imperecederos en espera de que en nuestra desesperación les compremos a precios imposibles.

Erich Fromm, El miedo a la libertad, Tercera Parte

“Su actividad económica y su riqueza les proporcionaban un sentimiento de libertad y un sentimiento de individualidad. Pero a la vez esta misma gente había perdido algo: la seguridad y el sentimiento de pertenencia que ofrecía la estructura social medieval. Eran más libres, pero a la vez se hallaban más solos. Usaron de su poder y de su riqueza para exprimir hasta la última gota de los placeres de la vida; pero, al hacerlo, debían emplear despiadadamente todos los medios, desde la tortura física hasta la manipulación psicológica […] Todas las relaciones humanas fueron envenenadas por esta lucha cruel por la vida o por la muerte, para el mantenimiento del poder y la riqueza. La solidaridad con los demás hombres -o, por lo menos, con los miembros de su propia clase – se vio reemplazada por una actitud cínica e indiferente.[…] El individuo se halla absorvido por un egocentrismo apasionado, una voracidad insaciable de poder y riqueza.”

Erich Fromm, hablando sobre el Renacimiento, como bien podría estar hablando de los liberales actuales.

Descartes, El Discurso del Método, Primera Parte

“Cierto que, mientras no hice sino considerar las costumbres de los demás hombres, apenas encontré en ellas nada seguro, y que en ellas observaba casi tanta diversidad como antes había observado entre las opiniones de los filósofos. De suerte que el mayor provecho sacado era que […] aprendía a no creer demasiado firmemente nada de lo que no hubiera quedado convencido.”

El mundo y sus demonios

Un dragón invisible, incorpóreo y silencioso

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible,incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente? Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe? Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluto a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspirarnos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Carl Sagan, El Mundo y sus Demonios

(puedes encontrar un extracto más amplio en este enlace)

Todos nos hemos encontrado alguna vez con experiencias inexplicables que nos sorprenden, asombran o asustan. Copérnico se extrañaba de las sombras en la Luna, Newton no entendía por qué todo caía hacia abajo, Galileo veía cómo dos piedras de diferente tamaño caían a la vez, a Kepler no le encajaba el movimiento de las errantes,…

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