Rompiendo la seguridad del cerebro

Estamos acostumbrados a leer noticias de hackers que han conseguido saltarse la seguridad de algún sistema y se han paseado entre informaciones altamente secretas y altamente delicadas. ¿Sería posible hacer algo así con nuestro cerebro? ¿Es posible leer la mente?

Aunque parezca de ciencia ficción, en los últimos años se han ido llevando a cabo diversos experimentos, sobre todo mediante resonancias electromagnéticas, que nos invitan a pensar que sí es posible leer, al menos a grandes rasgos, lo que una persona está pensando.

Pero dejemos que los expertos nos hablen de los últimos y escalofriantes (y reales) avances de la ciencia en este aspecto, primero con un vídeo de cómo se puede aprender a conectar un ojo artificial para que el cerebro vea:

Si el primer vídeo sorprende, este segundo vídeo es increíble. Podemos entender mejor cómo las personas se sitúan sobre un espacio y cómo puede leerse esta ubicación en el cerebro.

La buena noticia es que, a día de hoy, no es posible leer los pensamientos complejos del viandante anónimo. Primero porque tendrían que hacer un estudio de tu cerebro particular para saber exactamente cómo mapea tu cerebro la relación entre pensamiento y zonas del cerebro que se activan. Y segundo, porque aún no se ha inventado un escáner electromagnético que pueda escanearte sin tu colaboración.

Lo cual no quiere decir que, en cuestión de años, no legislen para quitarnos nuestro último rincón de independencia, poniendo en marcha un cuerpo de Policía del Pensamiento…

¿Elegir o no elegir? Esa es la cuestión

Para caldear el ambiente, os enlazo un vídeo de Barry Schwartz en una de esas charlas TED de bajo nivel, donde nos explica por qué el tener muchas opciones no nos hace necesariamente más felices:

En resumen: Poder elegir nos hace felices, pero si el número de opciones a elegir es demasiado alto, la elección nos trae más insatisfacción que felicidad. 

Cuando no tenemos más que una alternativa, no nos paramos a considerar si es buena o mala, simplemente la seguimos. En todo momento sabremos sus pros y sus contras, y aunque sus problemas nos afecten, al ser inevitables, estaremos en cierta forma más preparados para ellos. En cambio, cuando esa no-elección nos dé felicidad, podremos aprovecharla enteramente, sabiendo además que ha venido de forma espontánea y que debemos aprovecharla porque no sabemos cuanto nos durará.

Cuando tenemos pocas opciones (por ejemplo en una pequeña tienda de alimentación donde sólo hay dos marcas, la cara y la blanca), nos sentiremos más realizados y felices al poder elegir que en la situación anterior. Al ser pocas opciones, son fácilmente comparables y nuestro nivel de satisfacción con la opción escogida será grande.

Sin embargo, cuando tenemos muchas opciones, suele ocurrir que nos paralizamos ante la duda. Hay tanto donde elegir que no podemos hacer una comparativa correcta. Cualquiera de esas opciones tiene sus ventajas y sus inconvenientes, nos cuesta muchísimo decidir y nuestra decisión no será tan rotunda como la anterior, nos iremos con una sensación de incertidumbre en vez de satisfacción. Además, cualquier mínimo problema que resulte de nuestra elección lo achacaremos inmediatamente a nuestra mala capacidad de elegir y nos quedaremos siempre con la duda de “¿y si… (hubiera escogido la otra opción)?”

Así que, con tantas opciones, nos empeñamos en buscar una perfección que no existe. Y no sólo no existe, sino que nos defraudará y nos hará sentirnos peor que si no hubiéramos elegido. Porque al tener que escoger entre tantas alternativas diferentes, la culpa de todo lo que pase a raíz de esa elección, es enteramente nuestra.

Nos invade un miedo a la libertad de elección que nos paraliza y bloquea nuestra felicidad. Si a un niño le dices que puede ser lo que quiera de mayor, luchará por sus sueños e intentará ser aquello que siempre quiso ser. Pero procura no recordárselo de mayor, porque cuando descubra todo lo que no ha podido ser, se sentirá triste y defraudado.

Pero este problema abarca muchos ámbitos, no sólo a nivel personal del día a día. Por ejemplo, existe toda una corriente de economía que aboga por disminuir el control estatal al mínimo para dar el mayor número de opciones posibles (y libertad) al individuo (y a la empresa) de forma que cada uno se construya su propio destino.

Esta idea, en sí misma, no es mala. Prueba de ello es que es muy posible que se convierta en la tendencia económica que nos dominará en los próximos años, con gran cantidad de teóricos y seguidores.

Sin embargo, darle al individuo la capacidad de decisión y la responsabilidad total sobre su futuro puede conllevar tal cantidad de variables que escapan a su control, que probablemente dicho individuo no sepa cómo elegir correctamente. Volvemos a tropezarnos con una nueva forma de miedo a la libertad.

Podríamos pensar que la sociedad está enteramente madura y que eliminar la Sanidad Pública o el Sistema de Pensiones para sustituirlos por sistemas financiados de forma voluntaria y privada podría ser viable. De esta forma, cada uno tendría la libertad de elegir si quiere invertir su dinero para cobrar una pensión posteriormente o si prefiere simplemente ahorrar. Pero ¿estamos realmente maduros para aceptar esta responsabilidad?

Personalmente tengo que confesar que no lo creo. No voy a caer en el ejemplo fácil del sistema sanitario estadounidense, porque puede achacarse a muchas razones (de hecho los neoliberales argumentan que parte del problema es que aún no hay libertad total). Me voy a ir a un ejemplo más cercano: la burbuja inmobiliaria. Por muy inhumano y cruel que suene, todas esas personas que firmaron una hipoteca que ahora no pueden pagar fueron unos irresponsables. De todos ellos, la gran mayoría son culpables de su propia desgracia. No supieron (o no quisieron saber) de las consecuencias de sus acciones. No fueron capaces de elegir correctamente de entre todas las opciones que se les presentaban. Si dejamos el control estatal al mínimo, ¿qué pasará entonces cuando llegue la burbuja alimentaria?

Esquizofrenia, o la ruptura del cerebro

En el artículo anterior comentábamos sobre la conciencia y el subconsciente, cómo nuestra mente en verdad se divide en parcelas, cada una ocupándose de una tarea específica. Aunque tengamos la impresión de que nosotros (lo que llamamos el “yo”) organiza y dirige todo lo que hacemos, bajo esa capa de conciencia tenemos al subconsciente, que toma sus propias decisiones y te manipula para que tomes la mejor decisión.

Al igual que nos centramos en la psicopatía, ahora nos centraremos en la esquizofrenia, una condición mental que comunmente resumimos como locura. El esquizofrénico parece vivir en un mundo paralelo, donde suceden cosas que sólo él parece ver (alucinaciones, sobre todo auditivas). Su comportamiento es errático y desordenado, como si no fuera muy consciente de lo que está haciendo. Sus pensamientos son caóticos, van saltando de tema en tema sin ningún tipo de orden aparente.

Para meternos en la mente de un esquizofrénico, podemos utilizar la música compuesta por Graham March, quien plasmó en sus composiciones la misma sensación que experimentaba en su cerebro. El mismo caos y desorden. O como el mismo lo definía:

“It’s like, 200 hundred channels of Television all on at once and you can’t turn them off, nothing but unwanted noise and thoughts.”

“Es como 200 canales de televisión, todos encendidos a la vez, y no puedes apagarlos, sólo hay ruido molesto y pensamientos.”

La causa de la esquizofrenia no está nada clara, al menos a nivel biológico y químico. Se sabe que existen genes que aumentan la probabilidad de que se sufra esquizofrenia, pero no se sabe cómo afectan estos genes ni exactamente en qué consiste la esquizofrenia. Hay muchos estudios que relacionan el origen de la esquizofrenia con múltiples causas (enfermedad en el útero materno, infección inmediatamente posterior al nacimiento, causas ambientales que desencadenan la enfermedad, estrés, drogas,…) Pero, realmente, nadie ha encontrado una guía universal para explicar la esquizofrenia.

Lo que sí se sabe es que la esquizofrenia tiene un efecto como de dividir la mente en diferentes sub-mentes que funcionan de forma independiente. Es como si el cerebro dejase de trabajar de forma secuencial y empezase a trabajar de forma paralela, teniendo varios procesos a la vez.

Cuando el esquizofrénico oye voces, realmente lo que está oyendo son sus propios pensamientos. No los reconoce como tales porque su “yo”, su “conciencia”, el que está oyéndolos, no es el mismo trozo de cerebro que está pensándolo. Por tanto, lo reconoce como una voz externa a sí mismo, pero una voz que sólo él puede oir. Y esas voces parecen conocerle muy bien, parecen estar vigilándole, diciéndole lo que tiene que hacer, dándole consejos. No es raro por tanto que acabe desarrollando paranoias y manías persecutorias.

En algunos casos la esquizofrenia puede llevar a episodios en los que el individuo se quedacatatónico, inmóvil o casi inmóvil, sin el control de su propio cuerpo, sufriendo espasmos y a veces incluso diciendo cosas sin sentido. ¿Podría ser que tomase el control una parte del cerebro diferente a la que lo toma normalmente? ¿Una lucha entre sub-mentes por ver quién se lleva el control final? Quién sabe, pero las religiones se aprovechan de estos casos, al igual que de la epilepsia, haciéndolos pasar por posesiones y bendiciones divinas.

En cualquier caso, aún queda mucho por investigar en este campo.

Tu yo oculto

Somos bastante más de lo que creemos.

Voy a comenzar una serie de entradas abordando un tema que cada día va adquiriendo más popularidad: la dicotomía entre consciente e inconsciente.

En esta primera entrada sentaremos las bases de qué es el consciente y qué es el inconsciente. Intentaré centrarme en resultados científicos, dejando de lado hipótesis filosóficas. Pero este no es un proceso sencillo, ya que la ciencia está en pañales respecto a este tema.

Nuestra mente se compone de dos partes: el consciente y el insconsciente. El consciente es al que llamas “yo”, el que está leyendo este texto y comprendiendo lo que pone. El inconsciente, en cambio, es como el ayudante que vigila al consciente y le va preparando el camino para que el consciente pueda trabajar.

Aunque suene redundante, el inconsciente se encarga de todos esos detalles de los que no eres consciente. Se encarga de reconocer una cara, de reaccionar ante un estímulo, de reconstruir una escena de un simple vistazo,… Se encarga de todas esas tareas necesarias pero automáticas, mecánicas.

Realizamos un experimento con un escáner cerebral en el que las personas debían tomar decisiones muy sencillas. Podían decidir si pulsaban un botón a la izquierda u otro a la derecha. En este caso, sientes que eres totalmente libre de elegir de hacer una cosa u otra, no hay nada que te obligue a elegir una opción o la otra. Registramos la actividad cerebral de las personas y descubrimos que podíamos predecir su decisión, si iban a pulsar el botón de la izquierda o de la derecha, siete segundos antes de que la hubieran tomado. Es decir, no siete segundos antes de que pulsaran el botón, sino siete segundos antes, incluso de que pensaran que habían decidido cuál iban a escoger.

Más información de este experimento aquí

Es decir, que el inconsciente no sólo realiza las tareas sencillas “complementarias” al consciente, sino que parece que va guiando al consciente en todo momento acerca de lo que debe o no debe hacer.

Veamos el funcionamiento del cerebro de una forma más gráfica. Una forma sencilla de explicarlo sería representar a lo largo del tiempo a los procesos mentales con una línea de forma que, a mayor valor, más cerca están de la consciencia porque necesitan de decisiones más complejas, menos automáticas. En la gráfica separaremos cuando un proceso mental es inconsciente mediante el sombreado. Si un proceso “pasa” a ser consciente, sale del área sombreada:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

 

En este caso, un proceso sencillo, como el azul o el rojo, podrían ser procesos mentales como caminar o rascarte un brazo. Tu cerebro tiene el control, pero tú no vas conscientemente pensando paso a paso cómo mover y apoyar el pie.

El proceso morado sigue siendo inconsciente, pero en un momento dado necesita que la consciencia tome una decisión rápida. Por ejemplo podría representar el hecho de abrir una puerta, donde la consciencia interviene un momento para hacer uso de la llave. Esto es, basándonos en la suposición de que utilizar la llave no es algo “automático” ni trivial.

En cambio, los procesos naranja y verde tienen gran parte de consciencia. Pero cabe destacar que estos procesos nunca empiezan fuera del sombreado. Antes de que el consciente empiece a trabajar, el inconsciente “prepara” el terreno, sentando las bases de lo que el consciente va a hacer.

Por ejemplo, el proceso verde podría ser abrir el navegador para leer las noticias. El insconsciente se ha encargado de casi todo el proceso: dirigirte al ordenador, sentarte en la silla, encenderlo, colocar tus manos sobre el ratón y el teclado, etc… Sólo cuando la mente necesita de tu atención, por ejemplo para leer la noticia, es cuando se activa el consciente. Todo lo demás, lo has hecho, pero no has estado “controlándolo” desde el consciente.

Pero el ser humano no siempre ha sido así. Desde que éramos unas sencillas bacterias hasta que desarrollamos la civilización, hemos ido pasando por una serie de estadios que nos han ido abriendo la mente poco a poco.

A lo largo de la evolución, la conciencia ha ido ganando terreno al inconsciente, “bajando” esa barra que separa qué procesos mentales procesa uno y cuales procesa el otro. En la siguiente gráfica podemos ver lo que pasaría si una persona, en la misma situación anterior, no tuviera el consciente tan desarrollado:

Gráfica de procesos mentales con poca conciencia

La línea del proceso de la llave, la morada, ha tenido que subir más alto que en el gráfico anterior, ya que el proceso de utilizar la llave es algo que inconscientemente no es capaz de realizar. Esto ha hecho que la mente necesite realizar un “esfuerzo” mayor, para poder salir de la zona sombreada, para poder utilizar la llave. Así mismo, las líneas de la conversación (naranja) y la lectura de noticias (verde), han tenido que subir un poco más también, para poder llegar al consciente, para poder realizar las tareas complejas.

Si este esfuerzo le supone demasiado porque su mente se llena de procesos que tiene que “escalar”, probablemente esta persona decida “prescindir” de algunos procesos mentales. Quizás no pueda hablar y utilizar la llave al mismo tiempo (prescidiendo por ejemplo del proceso naranja) o quizás decida utilizar una cerradura más sencilla.

Probablemente por esto es por lo que podemos enseñar a un chimpancé a realizar tareas o a hablar con lenguaje de signos. Ellos mismos aprenden en su hábitat natural a utilizar herramientas sencillas. Pero no han desarrollado toda una tecnología que les ayude en su día a día porque su consciente ya está saturado con el uso de estas herramientas sencillas. Esto es lo que nos diferencia, nuestro salto evolutivo.

Sin embargo, no seamos ingenuos, este proceso aún no ha terminado en el ser humano. La evolución sigue avanzando, “bajando” el listón para que el consciente siga cada vez aumentando el control sobre lo que hace y deja de hacer. Y, probablemente, esto tenga mucho que ver con los avances sociales, con la percepción de nuestra propia individualidad.

Gráfica de procesos mentales con mucha conciencia

El problema al que se enfrentarían estos “aventajados” de la evolución es que la información que se ven obligados a procesar conscientemente es mucho mayor que lo que tiene que procesar el ser humano medio. Es decir, están “forzando” a su cerebro a trabajar más y más rápido. Controlan mucho mejor sus acciones, toman más decisiones conscientemente y son más conscientes en general de todo lo que sucede a su alrededor. Pero a un coste: el coste de tener que estar más pendiente de todo, porque muchas de las tareas automáticas de las que se encargaba el inconsciente ahora forman parte de la rutina que debe llevar a cabo el consciente.

¿Está preparado para esto nuestro cerebro? ¿Es el consciente capaz de manejar tantos procesos simultáneamente sin volverse loco? ¿Puede ser ésta la causa de enfermedades mentales como la esquizofrenia?

Intentaré contestar a estas preguntas en la próxima entrega, pero de momento dejo un vídeo de una conferencia TED donde J. B. Taylor cuenta su experiencia durante un derrame cerebral y cómo eso afectó a su forma de percibir el mundo a su alrededor, como si hubiese perdido su conciencia:

https://www.youtube.com/watch?v=UyyjU8fzEYU